La asesina y su esbirro; ‘La cocinera de Castamar’

QUÉ HA PASADO

• Amelia olvida todos sus problemas con Gabriel.

• Sol Montijos acaba con la vida de Francisco.

• Enrique reclama el dinero que le prestó a Montes.

Clara encuentra una carta de su padre que demuestra su inocencia, pero no servirá de nada si no dan con el soldado a quien prestó sus servicios médicos. Y así se lo cuenta a Diego, que enseguida piensa que el embajador de Francia, con quien tiene ese mismo día una comida en palacio con el rey para presentar a su prometida, puede ayudarlo. Sin embargo, Amelia sufre una amenaza de aborto y tiene que cancelar la cita para otra ocasión

La cocinera descubre entonces el embarazo de la prometida de Diego y, aunque se siente dolida, le muestra su apoyo cuando Amelia se lo suplica llorando. “El médico era mi padre, pero veré qué puedo hacer… Hay que detener las contracciones. Le haré sopas de miel, es la receta de mi familia para traer niños sanos al mundo”, le dice tras identificar sus síntomas.

Mientras, Gabriel acude a una cita con Daniel en el Zaguán, pero allí descubre que su amigo está muerto y que le han tendido una trampa. Muy a su pesar, lo encierran para llevarlo a Portugal y venderlo como esclavo. Detrás de todo se encuentra el zurdo, a quien ha contratado Hernaldo de la Marca por orden del marqués de Soto. “Pero que siga vivo”, le advierte.

Por su parte, la avispada Beatriz, que sospecha que el autor es su amante, acude a la posada donde vive e intenta camelárselo con sus juegos. Al salir de la fonda, se topa con Alfredo en el mercado, a quien exige dinero por contarle dónde está Castamar.

Mientras, en la cocina, Elisa enseña a Clara el camisón manchado de sangre de Amelia, pero sin que se entere nadie. “La señorita tiene que cuidarse más, aunque no pone interés. Eres mi amiga y por eso te lo cuento”, le confiesa la doncella.

Después de haber matado a Francisco, Sol pide a su abogado que venda todas sus propiedades, salvo el palacio donde residía con su marido. “Voy hacer un largo viaje por Europa, ya irá mandándome el resultado de las ventas”, le dice con todas sus cosas ya embaladas. Sin embargo, en una caja se encuentra un delicado abanico que le recuerda asuntos turbios del pasado con Alba, la mujer de Diego. Ambas mujeres tuvieron una afrenta en el pasado y Sol no ha podido perdonárselo.

Más tarde, visita a doña Mercedes para despedirse y allí se encuentra de repente con el siniestro marqués de Soto. “La venganza es lo único que puede aplacar el dolor. Yo maté a Alba porque odiaba a Diego tanto como tú. Solo tuve que adiestrar al caballo correcto”, susurra al noble, que parecía no saber nada.

Aún con el recuerdo de los maltratos y acosos de Elías, Úrsula cree que ha desaparecido de su vida, pero se equivoca. Para acabar con la plaga de chinches que asola Castamar, Melquiades decide contratar a un experto, que resulta ser el buhonero ante la sorpresa de la ama de llaves. “No vas a librarte fácilmente de mí. He venido para estar a tu lado”, asegura al quedarse a solas. Aterrorizada, la mujer intenta escapar de sus garras, pero el hombre no está dispuesto a dejarla escapar y la encierra con él en una habitación.

Con Amelia más recuperada gracias a los buenos cuidados de Clara, Diego viaja hasta palacio para hablar con el embajador francés. Cuando regresa a Castamar, viene con las mejores noticias para la cocinera: “Ya sé dónde encontrar al soldado al que salvó tu padre. Si declara lo antes posible, eso le salvará la vida”. La joven, muy agradecida y sin poder ocultar lo que siente, le da un dulce beso en la mejilla como muestra de su enorme gratitud y amor.

Sin que su familia lo sepa, el pequeño de los Castamar es sometido a una tortura cruel, con latigazos que hacen sangrar su espalda, por parte de los empleados del zurdo, que lo odia. “Se acabó vivir como un señor”, dice. “¡Mi hermano os encontrará y acabaréis todos en la horca!”, le grita jadeante de dolor y rabia.

La única salvación de Gabriel puede ser Beatriz, pero su desmedida ambición y su deseo de viajar a América la hace ser descubierta por el peligroso esbirro de Hernaldo, que la vigila muy de cerca.

Inesperadamente, ante el intento de huida de la mujer, el delincuente le clava su espada en el cuerpo para evitar que escape, llevándola a las puertas de la muerte. En su último suspiro, la cocinera susurra al noble Alfredo al oído: “Ve al Zaguán, ve al Zaguán… pero, ¿y mi dinero?”.

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