El vestido de Uterqüe por el suspira la chica de las bailarinas de tacón

Él era el hombre más rico del mundo en aquel momento. Ella, la diseñadora de moda de la que todo el mundo hablaba. Se dice que el segundo Duque de Westminster y Gabrielle Chanel se conocieron en una fiesta a mediados de los años 20 y que su relación se prolongó durante una década en la que Bendor, como se le conocía en su círculo más cercano, no escatimó en regalos para conquistar a la impredecible Coco. Entre otras joyas, el terreno en la Riviera francesa sobre el que se construyó La Pausa.

De aquel romance, Mademoiselle Chanel también se llevaría algo mucho más preciado y que, todavía hoy, constituye parte de su legado. Y es que fue en el transcurso de los días que ambos solían disfrutar al aire libre en el campo, cuando la joven modista se percató de la belleza y la comodidad del tosco tejido de lana del que estaban hechas las chaquetas que tomaba prestadas de su amante. Como hiciera con la camiseta de los marineros bretones, adaptó el tejido al armario femenino. Además, aligeró los materiales y produjo nuevos estampados inspirados en los colores de los paisajes.

Al principio, confeccionaba chaquetas, faldas y abrigos en una fábrica escocesa, pero a partir de los años 30 trasladó la producción al norte de Francia donde introdujo hilos sintéticos y coloridos que se pusieron rápidamente de moda entre las damas de la alta sociedad. Chanel había creado el (nuevo) tweed.

© Carola de Armas

Cuando Karl Lagerfeld llegó a la dirección creativa de Chanel, tenía claro que quería recuperar los símbolos de la casa francesa a su manera. El logo, la camelia, los zapatos destalonados y, claro está, el tweed que en poco tiempo recobró la popularidad aplacada con los años entre las mujeres más clásicas que suspiran por el bolso 2.55 y las bailarinas bicolor.

Las mismas a las que si mañana mismo les preguntarámos si pagarían 199€ por el vestido midi en tweed blanco de Uterqüe, no se lo pensarían dos veces.

© Cortesía de Uterqüe

Ligero aunque calentito.

Escotado en su justa medida con un remate de volantes que resta dramatismo a la pronunciada V.

Entallado en la cintura y con falda lápiz.

Con los hombros ligeramente abullonados.

Con botones joya y un broche de brillantes con forma de lazo de adorno.

Sin duda alguna, este vestido es el sueño de una noche de otoño de la chica de las bailarinas con tacón cuadrado y sensato. Y cada día el de más gente.

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