Volver a empezar tras el maltrato

Virginia se casó muy joven y muy enamorada de su marido, el padre de sus hijos: “Era su princesa”. Pero, de pronto, todo cambió. “Empezó a prohibirme las cosas que hace cualquier mujer, como salir de compras o maquillarme, y a aislarme de mi familia. Me tenía dominada, pero yo no sabía verlo. Al quedarme embarazada, todo empeoró y comenzaron los peores años de mi vida. Años de desprecios, insultos, palizas. Años de miedo constante por mí y por mis hijos, que lo veían todo. Y de una dependencia absoluta, porque yo le perdonaba una y otra vez. Para él, yo no valía nada. Me quitaba todo lo que tenía: dinero, integridad, autoestima. En la última paliza me desvió el tabique nasal y tuve la cara morada 15 días. Sus últimas palabra fueron: “Si no eres mía, no serás de nadie. Tu fin es el cementerio”. Ese día temí por mi vida, pero sobre todo por la de mis hijos. Dije hasta aquí. Denuncié y me fui a casa de mi hermano”.

No quiero paralizarme, ni que mi pasado marque lo que soy. Necesito seguir creciendo”.

virginia

Al hablar con mujeres que han sufrido violencia en casa, rápidamente queda claro que lo que parece el final del horror, ese momento en el que huyen con los niños y lo puesto, puede suponer el principio de otro infierno. Uno en el que el miedo a lo conocido se sustituye por una incertidumbre que se resume en una pregunta: ¿lograré encontrar un empleo que me permita pagar un alquiler e impida que me quiten a mis hijos? Según datos de la Fundación Adecco, el 71% de las víctimas señala que la falta de trabajo o la precariedad supuso el principal freno a la hora de denunciar su situación. De hecho, el 65% no trabaja, mientras que un 16% admite que desempeña algún tipo de ocupación pero sin contrato, en condiciones de absoluta desprotección. De ese 65% de mujeres maltratadas que no trabajan, un 58% son desempleadas de larga duración, personas que llevan más de un año sin trabajar, absolutamente dependientes para su subsistencia.

Al dejar su casa, Virginia no se libró del miedo. Cambió un temor por otro. “Estaba asustada. Yo no tenía nada: ni casa ni dinero ni trabajo. No tenía ni ganas de seguir adelante. Pero, sobre todo, me aterraba perder la custodia de mis hijos. Necesitaba un empleo, pero estaba muy perdida e insegura. No sabía por dónde empezar. Ni siquiera creía en mí. En 2013 llegué a Fundacion Integra y mi vida dio un vuelco. Allí sí creían en mí. Por primera vez en mucho tiempo alguien me abría un puerta y me daba la oportunidad de demostrar todo lo que valía. Me ayudaron a confiar y en una semana ya estaba trabajando. Eso me hizo sentir orgullosa de mí misma. Comencé a recuperar la autoestima y a sentir que podía hacer todo lo que me propusiera. El trabajo, primero en Eulen y luego en Carrefour, me permitió independizarme con mis hijos. Y todo empezó a funcionar. Ahora quiero seguir creciendo. No quiero pararme nunca más ni que mi pasado marque lo que soy hoy”.

De todos los recursos públicos y privados pensados para ayudar a estas mujeres, puede que las organizaciones de inserción en el empleo sean las más desconocidas. Sin embargo, su papel es vital en el proceso de recuperación de una situación de violencia. “Muchas mujeres no terminan en las noticias de sucesos gracias al trabajo. De hecho, ocho de cada 10 creen que el empleo es la solución para romper con la violencia”, confirma Ana Muñoz de Dios, directora general de Fundación Integra. La organización, fundada en 2001 por Ana Botella, trabaja para emplear a personas en situaciones de violencia o riesgo de exclusión social con un éxito innegable: de sus más de 14.000 puestos de trabajo conseguidos, 4.600 han sido para mujeres maltratadas.

Beatriz, también insertada en el mercado laboral gracias a Integra, confiesa que no pidió ayuda antes por vergüenza.

“Pensamos que no hay mayor ayuda social que el trabajo –confirma Botella–. Cuando una empresa le da una oportunidad a una mujer que ha sufrido violencia, a una persona que ha estado en la cárcel o a alguien que ha caído en la droga y se ha levantado tiene a los mejores trabajadores”. Cada año, unas 1.300 personas logran empleo (alrededor de 400 mujeres) gracias a su red Compromiso Integra, formada por más de 50 empresas y entidades implicadas con el empleo socialmente responsable, entre las que están Iberia, Barceló, Acciona, Alsa, Línea Directa, FCC, Ferrovial, Grupo Eulen, Samsic, El Corte Inglés, Sareb, Multiasistencia, UFV… Muchas de ellas participan en un programa de voluntariado, mediante el cual sus empleados, 500 este año, imparten talleres a las aspirantes de cara a una mejor integración en sus empresas.

María fue una de estas aspirantes. Llegó a la fundación en una situación límite, tras más de 20 años de relación con una persona que la había anulado totalmente. La historia no por repetida es menos dolorosa. Como su pareja no le permitía trabajar, ella llegó a creer que no valía para nada. “Estaba sola. Estaba asustada. Mi situación era desesperada. Pensaba que no tenía salida, que nadie podía ayudarme. Me acostaba cada noche y pensaba: “Dios mío, ¿cómo lo voy a hacer? ¿Cómo voy a sacar adelante a mi niño si no sé hacer nada?”. Gracias a su trabajadora social (son las casas de acogida y las ONGs las que evalúan cada caso y determinan si una mujer está preparada para entrar en el mercado laboral), María llegó a Fundación Integra y cambió el paso. “Pasé de pensar que no podía hacer nada a demostrarme que sí, que valgo y que soy buena madre. De hecho, de mi primera entrevista salió el puesto de trabajo que ocupo hoy. Quién me iba a decir que yo iba a trabajar en un colegio y que me iban a hacer fija. Este respeto me ha ayudado a ser una mujer libre, a querer levantarme cada día y querer vivir. Han salvado mi vida y la de mi niño”.

Segunda oportunidad

Esta metamorfosis que transforma a las mujeres necesitadas en mujeres necesarias se produce en la Escuela de fortalecimiento, un programa donde las ayudan a cambiar su discurso y a centrarse en sus capacidades. “Los voluntarios corporativos las ayudan a hablar no de su drama, que queda en el pasado, sino de su valía para el empleo, con el objetivo de que superen la entrevista de trabajo –explica Ana Muñoz de Dios–. Tienen que estar psicológicamente fuertes para poder integrarse en la empresa con total normalidad, sea cual sea su grado de cualificación. Y hay todo tipo de casos: desde candidatas sin ninguna cualificación a mujeres con máster en el Instituto de Empresa y doctorados. Todas van a ser juzgadas por su talento, no por su historia. Y se integran en las plantillas sin que trascienda de ninguna manera la situación que han vivido. En las empresas no son miradas ni con pena ni con miedo, sino como una trabajadora más”.

Las expertas insisten: a los efectos de la violencia, el empleo (un buen empleo) puede ser un salvavidas. Desafortunadamente, la situación del mercado laboral no da para demasiadas alegrías. “El trabajo que nos llega es precario. Son sustituciones, contratos cortos o con pocas horas que no permiten estabilizar la vida. No son los ideales, pero es una oportunidad y les cambia radicalmente el curriculum”, admite Ana Muñoz de Dios. La primera dificultad que encuentran estas organizaciones de reinserción en el empleo son las cautelas de los departamentos de recursos humanos, dubitativos ante el rendimiento y el compromiso de estas mujeres. “También pueden temer que el maltratador se presente en la empresa o que ellas sigan muy frágiles y se vengan fácilmente abajo”, explica Nuria Mas Casanova, experta en empleo socialmente responsable. Por su parte, Lola Sato Aspe, responsable de Empleo del Área de Violencia de Género de Fundación Integra, achaca las reticencias a los estereotipos: “El desconocimiento trae consigo muchas falsos clichés sobre estas mujeres: que no tienen recursos, que les falta formación, que no van a saber afrontar retos… Sin embargo, tenemos a muchas mujeres diplomadas y licenciadas que ya han tenido un desarrollo profesional de éxito en su vida”.

El equipo de la Fundación prepara a las mujeres para hacer valer sus puntos fuertes en las entrevistas de trabajo.

Las dudas y malentendidos suelen quedar en nada tras la experiencia compartida. “Nos cuesta que las empresas nos abran las puertas, pero una vez que dan el primer paso avanzamos muy rápidamente porque las mujeres responden muy bien”, confirma la directora de Fundación Integra. “En un 90% de los casos, la valoración que hacen de estas mujeres es excelente: funcionan mejor que el resto de sus trabajadores. De ahí el éxito del programa y que aumenten tanto cada año las contrataciones: ya hay empresas que están reclutando a 200 o 300 personas anualmente.

La pregunta es: ¿por qué no se suman todas a la cuota solidaria, ahora que la responsabilidad social es tan importante en las organizaciones?”. Para agrietar esta desconfianza preventiva, puede resultar significativo saber qué valoran estas mujeres de sus puestos, cuál es la trascendencia del trabajo en sus vidas. Según el sexto informe Un empleo contra la violencia de la Fundación Adecco, un 69,2% aprecia la estabilidad, seguida por la independencia (53,8%), el aumento de la autoestima (47,7%) y el refuerzo de las relaciones sociales (28,5%). Quedan al final el horario (24,6%) y el salario (16,2%).

Cuando alguien me toca, ya no tiemblo. El trabajo logró que perdiera el miedo”.

jennifer

“Cuando alguien les da una oportunidad son las mejores trabajadoras”, insiste Ana Botella. Lo cierto es que los casos de éxito del programa que lidera son esperanzadores. Jennifer vivió cuatro años “de infierno” junto a un hombre que la borró del mapa: “Los golpes eran lo de menos. Sin que me diera cuenta me fue anulando por completo, alejándome de las personas que quería y dejándome aislada”. Gracias a la fundación, lleva cinco años trabajando en Acciona y ya es indefinida. “Cuando alguien me toca, ya no tiemblo. Salgo a la calle, me puedo reír, trato con la gente… El trabajo logró que perdiera el miedo. Me ha permitido pagar un alquiler, comprarme un coche. Ahora voy a empezar a estudiar enfermería. Vuelvo a ser yo”. Sin miedo.

Más de 1.000 asesinadas

Según datos de la Secretaría de Estado de Igualdad, 1.026 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas desde 2003. Muchísimas y, aún así, no son todas. El Convenio de Estambul insta a contabilizar todas las muertes machistas (como las de Laura Luelmo o la de Diana Quer) y no solo los asesinatos perpetrados por parejas o exparejas. Así lo hace Feminicidio.net, donde han documentado 1.074 asesinadas desde 2010, una inquietante brecha de un 45%. Además, durante 2018, los juzgados españoles recibieron un total de 166.961 denuncias por violencia de género, lo que supone un incremento de 0,4 puntos respecto de 2017, tras cuatro años de subidas consecutivas.

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