Tina Turner sobrevivió a un matrimonio violento pero se ha pasado la vida reviviéndolo

El día que Tina Turner se liberó de su marido maltratador tiene una épica dramática que ningún guionista podría haber imaginado. Tras recibir una paliza en una limusina, Tina acompañó a Ike a la habitación de su hotel en Dallas, le masajeó la cabeza como solía hacer y cuando se durmió salió huyendo. Corrió hasta que la carretera se acabó, tuvo que atravesar una autopista, estando a punto de ser atropellada por varios camiones, y llegó a un motel llamado Ramada Inn. “Soy Tina Turner”, le dijo con la cara aún ensangrentada y sin peluca al recepcionista, “Solo tengo 63 centavos en el bolso pero le prometo que, si me ayuda, le pagaré en cuanto pueda”.

Tina Turner pasó de ser una estrella del rock a un símbolo de dignidad, superación y empoderamiento. Ahora ha decidido despedirse del público con un documental, Tina, que propone mirar más allá de la mártir para conocer a la mujer y a la artista. “La motivación de Tina para contar los malos tratos era que la industria y el público dejasen de asociarla a Ike”, analiza el director del documental Dan Lindsay, “La ironía, claro, es que esa decisión estableció su identidad con Ike de un modo que jamás ha podido desvincularse de él”. O como ella misma explica en Tina, “Mi vida va tan poco conmigo que no quería que me la recordasen”.

Anna Mae Bullock nació el año que empezó la Segunda Guerra Mundial. Creció recogiendo algodón en una finca de Tennessee y cuando iba a la ciudad tenía que entrar por la puerta de atrás en la mayoría de edificios. Su madre la abandonó cuando tenía 10 años, su padre se fue poco después y pasó su adolescencia en casas de familiares soñando con parecerse a las mujeres que veía en la televisión de los Pointdexter, la familia para la que trabajaba su abuela: Loretta Young, Jacqueline Kennedy, las damas francesas. A los 17 años conoció al músico Ike Turner, que la agasajó con estolas de piel, vestidos de lentejuelas y paseos en Cadillac.

Ike fue el creador de la que, según muchos expertos, es la primera canción de rhythm & blues de la historia, Rocket 88, que sin embargo popularizaría Jackie Brenston. Turner sentía un profundo complejo de inferioridad: en el instituto las chicas se avergonzaban de salir con él, en la industria musical nadie lo respetaba y todo el mundo acababa aprovechándose de él y abandonándolo. Little Richard y Jerry Lee Lewis triunfaron con estilos musicales inspirados por Turner. Anna Mae sintió compasión por Ike, a quien consideraba un hermano mayor, y le prometió que ella nunca lo abandonaría como los demás. “En aquel momento, las promesas significaban algo”, aclararía la cantante décadas después.

Cuando Ike consiguió un contrato discográfico para Anna Mae se aseguró de colocar su nombre delante del de ella, que además cambió por Tina (inspirándose en el serial sobre Sheena, la reina de la selva) y decidió casarse con ella para vender el producto de un matrimonio musical. Ella le dijo que odiaba la idea de hacer una carrera musical casi tanto como el nombre “Tina”. Ike cogió un calzador y la golpeó con él.

La primera vez que se acostaron ella intentó resistirse, la segunda fue ella quien le buscó a él porque dos músicos estaban intentando violarla y Ike la protegería. “Yo no quería casarme porque sabía cómo iba a ser mi vida con Ike. Pero me daba miedo decir que no. Así que fui a Tijuana y firmé aquel papel. Ike era como un rey, cuando se despertaba yo tenía que peinarle, hacerle la manicura y la pedicura. Yo era su esclava”, recordaría años después. Los 16 años que duró el matrimonio estuvieron llenos de éxitos musicales sobre el escenario (A Fool In Love, Proud Mary, River Deep Mountain High) y de palizas, violaciones y humillaciones detrás de él. Tina, además, tuvo que educar a cuatro hijos pequeños: uno de la pareja, otro de ella con un bajista y dos del primer matrimonio con Ike.

La trayectoria de Ike & Tina está llena de anécdotas que hoy forman parte del folclore del rock. Ella enseñó a bailar a Mick Jagger, que cuando los contrató como teloneros apenas tenía ritmo para tocar la pandereta. River Deep Mountain High fue un fracaso en Estados Unidos porque las radios de r&b la consideraron demasiado pop y las emisoras pop no pinchaban artistas negros. Cuando el presidente de su discográfica Bob Krasnow visitó el hogar de los Turner esperaba conocer a una diva del rock y se encontró a una mujer fregando de rodillas. Tina odiaba las condiciones marginales en las que trabajaban los cantantes negros. “La vida en la música no era atractiva. Era sucia. Comía con el plato en el regazo. Habría preferido limpiar en casa de un blanco que cantar en antros y convivir con Ike y su vida de bajos fondos”, confesaría.

Ike empezó a meter mujeres en casa. Cuando viajaba en avión, ponía la cabeza sobre el regazo de Tina y los pies sobre el de su novia del momento. “Pero no todas eran unas zorras”, aclararía Tina. Una de ellas, la que le suministraba a Ike las enormes cantidades de cocaína que consumía, le recomendó a Tina que meditase y practicase cánticos budistas para salir de su matrimonio violento.

Y así lo hizo aquella tarde en Dallas. Todo empezó cuando Ike le manchó de chocolate el traje Yves Saint-Laurent blanco que ella se había puesto para viajar. Una vez regresó a Los Ángeles Tina consiguió un abogado gracias a Ann-Margret, con quien había hecho amistad durante el rodaje de Tommy, y en el juicio de divorcio en 1976 la cantante renunció a todo lo que le correspondía (los ahorros, la casa, los derechos de las canciones) y le solicitó al juez una sola cosa: su nombre. “Tina Turner era un negocio y mi única fuente de ingresos”, explica ella en el documental. Al abandonar a Ike también había abandonado una gira a medias, así que se encontró sola, con 36 años y endeudada hasta las cejas. Llegó a tener que recurrir a la caridad. Pero trabajar nunca fue un problema para Tina Turner: si había sido capaz de hacer cuatro shows al día obligada por Ike podía remontar el medio millón de deudas que la asediaba.

A finales de los 70 Tina actuaba en bares, en eventos de McDonald’s y en un cabaret de Las Vegas cuando actuar en Las Vegas era sinónimo de ser una vieja gloria. Dio conciertos en Polonia, Yugoslavia, Bahrain o Singapur. Cuando fue a Hollywood Squares (un concurso de tres en raya en el que cada casilla estaba ocupada por un famoso de tercera y que en España adaptó Telecinco con VIP Noche), el presentador le dio la bienvenida preguntándole “Buenas noches Tina, ¿dónde está Ike?”. Cansada de que el mundo siguiese asociándola con su exmarido, la cantante decidió contar los malos tratos que había sufrido para justificar y proclamar su independencia. (Su astróloga le dijo que era la decisión correcta, le prometió que llenaría estadios y que viviría al otro lado del océano). En diciembre de 1981, cuando Tina concedió la entrevista, People despachaba 30 millones de ejemplares. El titular fue “Tina Turner: merodeando sin Ike” y aparecía en la esquina superior de la portada, que estaba dedicada al regreso de Johnnie Carson al pueblo donde creció. La entrevista apenas tuvo repercusión. “En aquellos días si un médico te preguntaba qué te había pasado le decías ‘Me he peleado con mi marido’ y no había más que hablar”, explicaba Tina, “Se asumía que la gente negra peleaba. Y a nadie le importaba la gente negra”.

Aunque el relato de superación ha establecido que Tina Turner se emancipó de su maltratador y alcanzó la gloria, en realidad pasó casi una década entre su divorcio y su triunfo musical. En enero de 1983 David Bowie estaba celebrando con los ejecutivos de su discográfica Let’s Dance, una canción que acababa de mostrarles y que todos asumieron que sería un hit incontestable que les haría aún más millonarios. Bowie exigió que los 63 ejecutivos de Capitol fueran al Ritz a ver actuar a su cantante favorita. “Aquella noche en el Ritz fue para mí el equivalente a Cenicienta yendo al baile, pero sin príncipe, porque cambió mi vida dramáticamente”, escribiría Turner en su tercera autobiografía de 2019. (En el documental, el ejecutivo que firmó el contrato con la cantante cuenta que uno de sus jefes le dijo “¿Pero cómo se te ocurre fichar a esa puta vieja negra?”).

En un año Tina Turner pasó de no tener discográfica a conseguir su primer número 1 con What’s Love Got To Do With It, vender 20 millones del álbum Private Dancer y ganar cuatro Grammys (entre ellos, canción y grabación del año). Un locutor de radio la presentó como “la abuela más caliente del mundo”. Tenía 44 años. “No intenta disimular su edad, sino que ostenta todos los dolores y magulladuras de su voz” admiraba la crítica de Rolling Stone, “Nadie más podría hacer Private Dancer [compuesta por Mark Knopfler], la historia de una mujer atrapada en una situación triste que encuentra la manera de seguir adelante”. “Como Billie Holiday en sus últimos años, transmite una sensualidad herida pero indómita catando sobre los aspectos más desesperados del amor, el dinero y la necesidad emocional y física”, celebraba el New York Times. Tina Turner inventó un nuevo personaje acorde con el erotismo chic, lujoso y consumista de los 80. Ya no se presentaba como una muchacha sureña que gritaba sudando y bailaba convulsionando con el pelo en la cara (una imagen que Ike creó, según la imagen primitiva de los negros en Hollywood, y que ella siempre detestó), sino como una mujer hecha a sí misma que se vestía de cuero, lucía sus piernas y hablaba con una elocuencia calculada.

Durante los 80 Turner se asentó como una figura emblemática del rock, género en el que era a la vez la única mujer y el único artista de color. Era tan icónica que su silueta, su peinado y hasta su forma de caminar (a pasitos cortos, lo que ella llama “el poni”) resultaban reconocibles por el gran público. En 1990 batió récords de asistencia con su gira Foreign Affair (su tercer disco, para cuya portada se subió a la Torre Eiffel cumpliendo la profecía de su astróloga y su sueño de ser parisina), con la que superó en espectadores a Madonna y los Rolling Stones. Los 187.000 asistentes a su concierto de Río de Janeiro fueron, durante 11 años, el concierto en solitario más multitudinario de la historia.“Ya no tengo deudas” presumía entonces. “Tengo una casa. Siempre quise tener una casa. Estoy viviendo la vida que deseaba cuando era pequeña. Las hijas de mis profesores tenían casas y ahora yo tengo una casa. He hecho de ese sueño una realidad”. En las entrevistas mostraba un talento asombroso para contarse a sí misma. Solía decir que, además de una casa, de pequeña soñaba con tener clase y recibir una educación. “Pero es muy tarde para mí. Tú no me miras y piensas ‘Tiene clase’, pero sí piensas ‘Es una mujer respetable’. Mis modelos de conducta eran las primeras damas, pero yo no era más que una niña que soñaba con ser como ellas desde su campo de algodón. Claro que, si no hubiera sido esa niña, ahora no cantaría con esta emoción. No voy a parar hasta conseguir respeto. Sé que soy una dama por dentro y ansío tener clase. Aunque ahora soy aceptada, lo que yo quiero es tener el mundo de las hijas de mis profesores”.

Su nueva popularidad desenterró la entrevista de 1981 en People. Todo el mundo quería saber más sobre sus 16 años con Ike. Cuando concedió una entrevista de portada en Rolling Stone para presentar su segundo disco, Breaking All The Rules, el periodista le dijo “Es difícil entender exactamente cómo conseguiste aguantar esas palizas y esas humillaciones”. El mundo le exigía responsabilidad a ella. Para zanjar la conversación, la cantante decidió escribir una autobiografía.

En Yo, Tina desvelaba los detalles más cruentos de su matrimonio. Cómo sentía que nadie la había amado nunca, ni sus padres, ni sus parejas, ni sus hijos (con quienes apenas mantenía relación en los 80: dos de ellos tuvieron problemas con drogas y el mayor se suicidó en 2018). Las memorias incluían detalles sobre sus relaciones sexuales (“No me importa lo grande que fuese su miembro, le colgaba flácido y le colgaba erecto. Tenía el cuerpo de un caballo”), que generalmente ocurrían después de las palizas. En las peores broncas Ike la penetraba con una percha de alambre. Cuando intentó escapar se montó en un autobús, se quedó dormida y al abrir los ojos Ike estaba allí: “Bájate hija de puta”. En una ocasión le apagó un cigarro en la boca, en otra le tiró café hirviendo a la cara y le arrancó la piel quemada. La obligaba a cantar con huesos rotos, sangre cayendo por la boca, tuberculosis, un embarazo de nueve meses o tres días después de parir. Incluso cuando Tina intentó suicidarse con una sobredosis de tranquilizantes calculó los tiempos para poder actuar y morir al terminar y que así Ike no perdiese el dinero de la actuación. “Pero no llegué al escenario. Cuando estaba en el hospital escuché a los médicos decir que no tenía pulso, pero Ike entró y empezó a hablarme: ‘Más te vale no morirte, porque te voy a matar yo’. Y mi pulso empezó”, contaría Tina.

El colosal éxito del libro, por supuesto, generó el efecto contrario al que ella pretendía. Tina Turner se convirtió en un mito que se escapaba del control de Anna Mae Bullock. En los 80 los malos tratos y las violaciones dentro del matrimonio seguían siendo un tema tabú y parte de la opinión pública lo consideraba “rencillas de pareja” o “cosas que pasan”. El relato de Turner funcionó como un símbolo con el que inspirar a millones de personas. Y desde un punto de vista religioso, el número 1, los millones de discos, los estadios abarrotados y los Grammys eran su recompensa por haber aguantado el sufrimiento con una dignidad tan admirable. Tina Turner era exactamente el tipo de mujer negra que al público le gustaba imaginarse: fuerte, resiliente, sexual, educada, trabajadora. Paralelamente a ella surgieron dos emblemas que forjaron la mentalidad estadounidense de los 80 en adelante, Oprah Winfrey y Ronald Reagan, y ambas fomentaban una ideología que encajaba con el relato de Tina Turner: si quieres puedes, nadie tiene por qué ayudarte ni regalarte nada. Y, por tanto, la que no haya podido es porque no lo ha intentado lo suficiente.

“Tú no solo bailas y cantas”, le dijo Winfrey, “Tú representas la posibilidad. Cuando la gente te ve actuar saben que has venido desde las cenizas, desde las profundidades de la desesperación, y eso significa que por muy hundida que esté una mujer puede conseguir ser como tú”. En ocasiones Turner ha accedido a encajar en esta especie de sueño americano de la posibilidad: “Nunca me permití desilusionarme o amargarme. Nunca fui esa persona. Hice un mundo para mí misma. Busqué lo que quería y cuando lo encontré me encaminé hacia otra clase. Cuando era pequeña en la escuela, nunca me fijaba en los desgraciados sino en los afortunados. Gente con educación. Así que nunca me comporté como lo que era, nunca me puse al nivel de Ike”.

Su relato, además, resultaba valioso porque desde su nueva posición de poder Tina podía ser explícita en su narración. Contaba detalles difíciles de comprender por la opinión pública de entonces, como que después de cada paliza sentía lástima por Ike, que sus relaciones sexuales debían considerarse violaciones aunque estuviesen casados, que su madre se ponía de parte de Ike y le ayudaba a encontrarla si escapaba o que una vez se asentó la dinámica de violencia no le daba demasiada importancia. “Hoy podría tolerar algo de furia en un hombre” admitía ella en 1986, “Porque tienes que permitirlo. Hasta yo puedo enfadarme y soltar una bofetada. Somos humanos, así que puedo permitir que me peguen. Pero tendría que ser yo quien lo permita”.

La conversación social no había abordado nunca aspectos tan perversos y complejos del maltrato, por lo que el testimonio de Tina adquirió una cualidad casi de texto canónico. Una fábula perfecta de sufrimiento extremo y recompensa gloriosa. Pero en los 90 ella empezó a rebelarse contra su imagen de mártir. “Se lo estoy intentado explicar a los de Disney [distribuidora detrás de su biopic]. Ellos solo ven a una mujer necesitada víctima de un estafador. Qué débil. Qué frívolo. ¿Cómo os atrevéis a creer que yo era eso? Yo estaba en control cada minuto. Yo estaba ahí porque quería, porque había hecho una promesa. Vale, quizá fui una víctima durante un corto periodo de tiempo. Pero dadme crédito por estar utilizando la cabeza todo el tiempo que estuve ahí. Tengo mi orgullo”.

En 1993 autorizó y participó en la promoción de Tina, una película sobre su vida protagonizada por Angela Bassett y Laurence Fishburne. Ya entonces Turner confesaba que no disfrutaba cantando, que preferiría ser actriz, pero que la música era el negocio más lucrativo para el nivel de vida que ella deseaba. El éxito de Tina actualizó el relato para una nueva generación, completó la iconografía de Turner e inscribió en piedra su condición de símbolo beatificado. El documental muestra todas las preguntas que la cantante tenía que responder en aquella época: ¿Qué fue lo más humillante que le hizo Ike? ¿Por qué lo aguantó tanto tiempo? ¿Cómo consiguió escapar exactamente? Cada evento promocional, cada rueda de prensa para presentar discos o giras, cada entrevista con Oprah estaba dominada por Ike Turner. Y tras una autobiografía y una película, el producto Tina Turner ya era indisoluble del relato de superación. Los malos tratos se convirtieron en un rasgo tan icónico como su peinado o su forma de caminar. Desde 1981, su trauma es propiedad de la cultura pop.

A mediados de los 90 el escritor negro Hilton Als cuestionaba en el New York Times la imagen pública de Tina Turner: “Está atrapada en su enorme popularidad, basada en parte en la exposición dramáticamente de su matrimonio con Ike. Tina se ha transformado en una mártir. Su confesión es una performance”. Als consideraba que, en sus actuaciones con rockeros como Mick Jagger, Rod Stewart o Bryan Adams, Turner era “devorada” por los hombres del rock que “fetichizaban sus extremidades, su pelo y su actitud lasciva: en los 80 se convirtió en la cuota de la ‘chica negra salvaje’”. Respecto al biopic, el escritor criticaba que “su triste pasado se haya convertido en una película cuyo póster muestra la silueta de Tina sin color de piel”.

La ubicuidad del relato fulminó para siempre la relevancia musical de Ike Turner, uno de los inventores del rock & roll, que pasaría a la historia como un adicto sádico por mucho que tenga un bajo de Fender bautizado en su honor. Pero también ha eclipsado los hitos musicales de la propia Tina: ella fue la primera mujer negra en aparecer en MTV, la primera en conseguir un número 1 pasados los 40 y pionera en adaptar los sintetizadores al rock y al r&b. Su energía abiertamente sexual sobre el escenario, que parecía no poder contenerse en su cuerpo, influyó en artistas como Beyoncé y fue la primera mujer en llegar estadios, un camino que después aprovecharían Madonna, Whitney Houston o Mariah Carey. Tina Turner fusionó una actitud rock con una voz soul y unas bases electrónicas para alcanzar la dimensión de un fenómeno pop. Y por supuesto demostró que las estrellas del pop pueden tener una segunda vida pasados los 40.

En 1995 Turner se mudó a una mansión en Suiza con su pareja, el ejecutivo discográfico alemán Erwin Bach. Se conocieron en 1986 cuando ella tenía 46 años y él 30, se casaron en 2013 (ella iba vestida de Armani) y en 2017 él le donó un riñón. Su casa es lo más parecido al castillo con el que Anna Mae soñaba de pequeña: tiene sillas auténticas de Versalles, esculturas de caballos colgadas del techo, amatistas gigantes en la piscina, sarcófagos egipcios o ídolos precolombinos. Nada está almacenado. “Quiero verlo todo bien”, aclara. “Creo que los padres de Erwin preferirían que estuviese con una chica alemana o con una mujer blanca. Pero cuando me conocieron pasó lo de siempre. A todo el mundo le gusta Tina”.

En 2009, a los 70 años, hizo su última gira. Se la pasó pensando en cómo iba a redecorar su castillo al terminar. “Estaba cansada de cantar y de hacer a la gente feliz. Eso es todo lo que he hecho en mi vida”, confesaba. En 2019 Turner reapareció para participar en la preparación del musical de Broadway Tina y una vez más, en su estreno londinense y en el neoyorquino, tuvo que sentarse a ver pasar toda su vida por delante de sus ojos. En esta ocasión su sufrimiento estaba más transformado en espectáculo que nunca, con un Ike Turner en clave de bufón y una Tina Turner que, en el punto de inflexión del show, le arreaba un bofetón y salía volando entre vítores del público.

Durante los últimos años ha sufrido un cáncer y un infarto que la llevaron a plantearse la muerte asistida, legal en Suiza, porque sentía que estaba “sobreviviendo, no viviendo: mis riñones fallaban y si era mi hora de morir, podía aceptarlo, no pasa nada, cuando es el momento es el momento”. Por eso considera el documental como una despedida de su público.

Anna Mae sigue teniendo pesadillas con las palizas. Tal y como explica en el documental, cada vez que rememora aquellos 16 años en alguna entrevista su cuerpo y su mente entienden que ella quiere revivirlo. (Los directores de Tina no quisieron pedirle que volviese contar los malos tratos y optaron por utilizar cintas de audio de su entrevista para People y de su autobiografía). Ella sigue empeñada en desmitificarse: “Yo solo me identifico con mi vida. Mientras todo el mundo me veía como un símbolo yo estaba ocupada trabajando. No quiero ser una persona ‘fuerte’ necesariamente. He tenido una vida terrible. Y simplemente seguí adelante. Sigues adelante y esperas a que algo mejor ocurra”, concluye señalando a su marido a su casa, “Y todo esto ocurrió".

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