María Jesús Montero: cirujana, madre de dos hijas, amante de la ópera y ¿próxima rival de Susana Díaz?

En una pandemia en la que hasta uno de los suyos (Felipe González le reprochó al Gobierno no estar comunicando bien sus medidas, Montero ha intentado marcar la diferencia. A pesar de las críticas recibidas a su modo de expresarse, cuando no por su acento, ha intentado marcar la diferencia con el resto de sus compañeros. El hieratismo de Pedro Sánchez en sus comparecencias contrasta con la mayor empatía que muestra Montero, siempre sonriente sin resultar frívola, un gesto que transmitía algo imprescindible en los peores momentos de la pandemia: esperanza.

Su trato con los medios también es distinto al de su jefe o algunos de sus compañeros: no hay por su parte regañinas ante las preguntas y si algo no le gusta, lo torea, no lo enfrenta. Esa actitud contrasta con la del propio Sánchez y con la del vicepresidente Pablo Iglesias, a quien Montero enmienda la plana más a que los medios. A pesar de la carga de trabajo que ha tenido en el último año y ser la suya una de las caras más visibles de la crisis, no parece haber hecho mella en el empuje y la energía que siempre ha demostrado. La exhibió en Cataluña, donde fue a apoyar a Salvador Illa en algunos actos de campañas para las elecciones catalanas que ganó el socialista el 14 de febrero. Quizá por eso su jefe, Sánchez, está pensando en hacer con la andaluza lo mismo que con el catalán: mandarla de vuelta a su tierra a ganarle las primarias a Susana Díaz.

Política curtida

No sería una elección improvisada ni extraña: personas que trataron con ambas en los años de la Junta aseguran a Vanity Fair que Montero era una de las pocas dentro del PSOE andaluz capaz de enfrentarse, sin que le temblara el pulso, a su entonces jefa y presidenta de la Junta de Andalucía. Su experiencia la avalaba: curtida en la política andaluza, fue consejera de Sanidad en los gobiernos socialistas de Manuel Cháves, José Antonio Griñán y Susana Díaz, con quien también ejerció como responsable de Hacienda.

Como Díaz, Moreno también es de Triana, pero el papel que juegan hoy en la política es muy distinto: mientras Díaz ha vuelto a la calle y a buscar avales para presentarse a las primarias tras una etapa dura en la que intentómantenerse a flote en el partido ejerciendo de líder de la oposición de Juanma Moreno Bonilla y trabajando por reconciliarse con Sánchez, Montero fue ganando relevancia en el ámbito nacional. Son desgastes distintos: el de Díaz es por sobrevivir; el de Montero por estar a la altura de las expectativas que Sánchez ha puesto en ella.

La escalada de esta cirujana de formación que nunca ha ejercido tiene más mérito cuando se tiene en cuenta que fue una de los tres miembros de la Comisión de Ética y Garantías del PSOE que pidió en 2016 crear una gestora después de que dimitieran 17 miembros de la Ejecutiva alentados por la propia Díaz con el objetivo de derribar a Sánchez. Hoy, sin embargo, Montero hapasado de estar en el equipo "susanista" al "sanchista", y parece contarcon la confianza plena de su nuevo jefe. También tiene algo que ver, comenta un ex compañero de la andaluza, que Montero "tiene tanto carácter como Susana, pero es más prudente".

Madre de dos hijas

Montero, de 54 años, militó en su juventud en el Partido Comunista a la vez que participaba en actividades de Acción Católica. Su nexo con dicha entidad fue el sacerdote Manuel Mafrollet, párroco de la Hermandad de la O que en los años 60 se sumó a la lucha antifranquista y a quien no le dolían prendas en reconocer que los suyos no hicieron suficiente para acabar con la dictadura, tal como reconoció en un artículo publicado en la revista El Ciervo en 1998.

De ahí que la andaluza se animara en su día a matizar a otro peso pesado del Ejecutivo de Sánchez, Carmen Calvo, cuando pidió que la Iglesia revisara su fiscalidad y pagara sus impuestos como hacía en países como Francia o Italia. La postura de Montero fue más conciliadora, limitándose a señalar que el estamento eclesiástico debería ser tratado como una ONG más.

En lo personal, María Jesús Montero es una mujer reservada, que tiene dos hijas que estudian en la Universidad de Sevilla. El padre es la expareja de Montero, Rafael Ibáñez,sindicalista de CCOO, miembro de Izquierda Unida en Andalucía y hoy gerente de la empresa municipal de vivienda en Córdoba, donde vive. Ella, por su parte, lo hace en Madrid y están separados de facto. La proximidad que siempre ha tenido con el partido de su ex pareja y su propia militancia en el PC quizás sean la clave que colocaron a Montero en la mesa de negociaciones con Podemos para formar nuevo gobierno y a nadie se le escapa que su afinidad siempre ha sido mayor con la formación morada que por ejemplo, con el PP o Ciudadanos, partidos con los que tuvo duros enfrentamientos en la Junta y también como ministra de Sánchez. La soltura con la que le oyó decirle a Iglesias "no seas cabezón" en los pasillos del Congreso sería una señal de esa mayor cercanía.

Otro ejemplo de sus afinandes lo describe el choque que tuvo con Cayetana Álvarez de Toledo en el debate de mujeres de las elecciones generales celebradas en abril de 2019. “El milagro económico del PP está en la cárcel”, le dijo en referencia a Luis Bárcenas cuando la popular se agarró a una de las frases que más memes y burlas le ha acarreado a la socialista: “Chiqui, son 1.200 millones, eso es poco, eso lo quitas o lo pones en una parte del presupuesto”, dijo en su primer mandato como ministra de Hacienda. Esa forma de hablar, ligada a su condición de andaluza, la ha defendido a capa y espaday no dudó en afearle a Rafael Hernando que la atacarapor usar palabras como ese “chiqui”, “cariño” o “miarma”. “Son expresiones que a gala llevamos los andaluces en nuestro diálogo coloquial”, dijo enfadada una mujer que acostumbra a vestir de los colores de su partido (rojo), de su comunidad (verde) y de un feminismo (morado) del que presume. “Feminismo y liberal son palabras que no cuadran”, le dijo a Albert Rivera e Inés Arrimadas cuando presentaron su decálogo de cómo entendían el feminismo los de la formación naranja.

De hablar rotundo y gran desparpajo, esta amante de las arias de Giacomo Puccini –conocido por crear papeles femeninos de heroínas fuertes y apasionadas– también ha sabido hacer uso de la templanza cuando le ha hecho falta, algo que confirma lo que cuenta ese ex compañero de partido que destaca una mayor prudencia en Montero que en Díaz. Las comparencias en la crisis de la pandemia también lo confirman. En ellas, aunque está acostumbrada al cuerpo a cuerpo y al debate bronco, Montero supo moderar las formas, algo que no hace en los mítines, donde recurre al tono de voz mucho más alto y en no pocas ocasiones, a la sorna.

Artículo publicado el 2 de enero de 2020 y ampliado.

Fuente: Leer Artículo Completo