Los fantasmas de tus exnovias pasadas

Cuando estábamos en C.O.U., al poco de dejarlo con su novia de siempre (llevaban casi dos años = “siempre” a esas edades), mi amigo E. me contó una fantasía: “Sé que algún día, quizá a los 25, cuando sea mayor, me cruzaré con M. en un autobús y sonreiremos, le pediré que tomemos un café y nos enamoraremos de nuevo”. Ahora, coged esa idea y apartadla, como dicen los buenos cocineros a cada paso de sus recetas. Volveremos a ella después del siguiente salto al futuro, que sigue siendo pasado.

Al principio del confinamiento fui incapaz de atender mucho tiempo a la misma cosa, así que descarté las novelas y gradualmente también el Zoom social. Durante mis desconexiones, me dediqué en cuerpo y alma a ver películas, igual que en mi postadolescencia. Y con idéntico promedio: al menos una al día. Intenté batir mi propio récord. Creía que eso daría sentido a la soledad y me cargaría de un propósito. Hubo un mes en que, con los fines de semanas libres y poco que hacer, apunté 35 distintas. La mayoría de ellas, vistas ya. Al contrario de lo que recomienda Sabina, volví a los sitios que me hicieron feliz. Esos bálsamos me garantizaban que no perdería el tiempo esa noche, pese a que nunca hemos tenido tanto para malgastar.

Revisité a Paul Thomas Anderson a Wilder y a Fincher. A John Ford, a Tarantino y a Wong Kar Wai. A los hermanos Coen, a Scorsese y también la Legítima defensa de Coppola, titulada originalmente The Rainmaker, el hacedor de lluvia, metáfora de “la que estaba cayendo”. Las que mejor me sentaban las iba recomendando acompañadas de un comentario –pretendidamente– ingenioso en los stories de Instagram. Eran mis cinco centavos de servicio a una comunidad cada vez más atomizada. Me pasaba el día contestando mensajes privados sobre en qué plataforma las había encontrado, y dios quisiera que no las hubiera extraído de mi videoteca personal, porque en ese caso la respuesta habitual solía ser un emoticono triste que mostraba la insolidaridad de no jugar en equipo. De guardarme ese analgésico emocional solo para mí.

Reseñadas unas cuantas, mi amiga C. llegó a leer mi alma subconsciente:

–Casi todas las películas que recomiendas más vivamente guardan un patrón.
–¿Y cuál es ese?
–Te obsesionan las de reencuentros, sobre todo las que tienen un final feliz.
–No lo había pensado…
–Echa cuentas. Recomendaste la misma semana Blue Jay (Alexandre Lehmann, 2016) y Antes del atardecer (Richard Linklater, 2004).

Ella sabía que mi capítulo favorito de Modern Love –el titulado Cuando Cupido es una periodista curiosa– era uno en el que Andy García aparece en la firma de libros de Catherine Keener y se disculpa por no haberse presentado a su cita en París 17 años antes. Si os fijáis, los roles de género rotan, pero por todo lo demás es prácticamente un remake de Antes del atardecer, donde Jesse (Ethan Hawke) escribía una ficción sobre su noche mágica con Celine (Julie Delpy) y la presentaba precisamente en una librería parisina con ella de invitada sorpresa. El libro y aquella secuela de Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995) subrayaban un hiato de amor interrumpido durante nueve años.

Si volvemos a la serie, en la escena de la catarsis romántica de aquel episodio, el hombre quema todas las naves y se presenta como un seductor de la vieja guardia, aunque, claro, tiene la cara y la voz y el pelo plateado de Andy García, así que es mejor no intentar recitar sus mismas líneas en casa y sin la supervisión de un adulto o nos haremos daño:

–(Ella) ¿Tienes hijos?
–(Él) Tengo dos.
–¿Y estás recuperando viejos amores?
–Solo tengo un viejo amor. Me casé un año después de dejar Europa. Fue rápido porque tenía miedo de perderla a ella también.
–¿Sigues con tu mujer? -Digamos que compartimos el mismo techo.
–¿Qué hacemos aquí, Michael? ¿Por qué has venido a mi firma? ¿Qué esperabas que pasase?
–Esperaba que pudiéramos continuar donde lo dejamos. Que me dieras otra oportunidad y que los dos tuviéramos un momento en la vida para volvernos a enamorar.
–(Ella, en off) En ocasiones comprendes que el amor absoluto en su verdadera forma tiene muchas funciones en la vida. No sirve solo para traer bebés al mundo. Ni siquiera es romance o dos almas gemelas y tampoco sirve para tener compañía de por vida. El amor que regresa del pasado –amor no experimentado, inacabado o perdido– parece muy fácil, infantil para los que hemos decidido sentar la cabeza, pero en realidad es el amor más puro y concentrado.

Quiéreme si te atreves (Yann Samuell, 2003), en la que dos compañeros de clase se retan a separarse durante muchísimo tiempo, siendo su orgullo comparable al amor que se profesan, es otro exponente del género que he revisitado muchísimo, un epígrafe más de mi lista involuntaria. O Martha, de Tom Waits, que narra la llamada telefónica del viejo Tom Frost a la protagonista de la canción:

Hello, hello there, is this Martha?
This is old Tom Frost
And I am calling long distance
Don’t worry ’bout the cost
‘Cause it’s been forty years or more
Now Martha please recall
Meet me out for coffee
Where we’ll talk about it all

Entra también en la muestra la serie Run, estrenada en abril con guion de la reina Midas Phoebe Waller Bridge. Ahí los lechosos y fondones Merritt Wever y Domhnall Gleeson reviven su amor de universidad mezclando reto y comedia romántica con thriller disfuncional, mientras abren el abanico del canon de belleza mixto a unos niveles muy 2020. Quizá el padre de este microgénero en el que recién reparo fue Claude Lelouch, referente inconfeso de Linklater, que puso a bailar y a besarse a los viudos interpretados por Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant en Un hombre y una mujer (1966) y también, 20 años después, en una segunda parte de título irreprochable y muy preciso: Un hombre y una mujer: 20 años después (1986). Todo esto no es más que el estiramiento caricaturesco de la estructura ortodoxa de comedia romántica: [email protected] conoce a [email protected], [email protected] se enamora de [email protected], [email protected] experimenta un desencuentro desafortunado e involuntario con [email protected] y [email protected] se esfuerza épicamente hasta que consigue reconciliarse con [email protected] “El dolor de la separación no es nada comparado con la alegría de reunirse de nuevo”, prometía Charles Dickens.

Pocos amores golpean con la potencia del primero, que se lo pregunten si no a Jep Gambardella, siempre en busca de su primera gran belleza en la obra cumbre de Sorrentino, pero si algo diferencia a aquella cinta que me entusiasma pero que no me atreví a revisar (precisamente por ello) es su pesimismo: la constatación de que nunca seremos los de entonces ni tampoco volveremos a apasionarnos como a los 16 si no es con nuestro recuerdo o con alguien muy parecido a él.

Hay romances que nos vienen a la cabeza y que reexploramos con cada ruptura, donde la agenda pretérita se convierte en un listado de ex novios a los que reestrenar igual que aquel jersey que comenzó a aburrirnos, que siempre nos sentó fenomenal y que ha reivindicado la tendencia de temporada. Como si ahora estuviéramos preparados para hacer funcionar lo que no supimos entonces. Es acomodaticio, pero también comprensible en tiempos de covid, y no se debe confundir con el conformismo de “Si estamos los dos solteros, nos casamos a los 40”, penosa tesis de mi nada favorita La boda de mi mejor amigo.

La semana pasada volví a hablar con E.. hoy felizmente casado y felizmente padre. Le dije que mis gustos cinematográficos y quizá mi búsqueda del amor cortés (“Somos lo que nos gusta”, decía Rob en Alta fidelidad) están para siempre estigmatizados por una frase inocente y pasajera que seguro él había olvidado. “La recuerdo perfectamente y pienso en ella a menudo”, me contestó igual que habría hecho Nostradamus.

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