Ella no está enamorada

Me he despertado de la siesta pensando en El apartamento. No es un mérito enorme si tenemos en cuenta que un póster vintage de la película me ha acompañado desde hace siete mudanzas y actualmente se yergue enfrente de mi cama. Siempre me ha hecho sonreír la agitada polémica que mantienen José Luis Garci y sus contertulios en el podcast Cowboys de medianoche —y antes que eso, en el programa Qué grande es el cine— sobre si la obra maestra de Billy Wilder es comedia o drama. Para mí no cabe ninguna duda de que es lo segundo si me atengo a la definición que una vez le leí a Paul Auster —“comedia es aquella pieza donde los protagonistas de la acción acaban mejor de lo que empezaron el relato”—, pues no hay razón para creer que Woody (Jack Lemmon) o la señorita Kubelik (Shirley MacLaine) han mejorado demasiado en el momento en que él comienza a repartir cartas mientras la otra le mira sonriente en una partida que solo puede ganar ella.

Pruebas número 1, 2 y 3: Woody se ha quedado sin trabajo y tiene que abandonar en pocas horas el pisito que hasta ahora utilizaban sus jefes como picadero porque ya no puede permitírselo; además un taxista polaco le ha partido la cara de un puñetazo. Por su parte, la joven acaba de averiguar que Fred MacMurray jamás abandonará a su esposa y por eso le ha dejado plantado en un bar. Corre en un travelling precioso hasta la casa de Jack Lemmon, las lágrimas de alegría y catarsis anegan su rostro, sube las escaleras a toda prisa, se planta en el descansillo del oficinista y suena un disparo. Tiene sentido: la quería con toda su alma y, sin ser correspondido, ha decidido quitarse de en medio. Y ella entiende ese código trágico —shakespeariano, sí, pero un poco exagerado para mi gusto— puesto que 40 minutos antes ha intentado lo mismo a base de pastillas, de nuevo a causa de MacMurray.

Sin embargo, la pistola no es una pistola: es una botella de champán; y el disparo tampoco es un disparo, sino su corcho impactando contra el techo. Es Nochevieja y hay que brindar aunque sea solo y aunque sea haciendo un montón de cajas de mudanza, pero mucho mejor con la chica que te gusta, y qué más da que haya aparecido a las 00.10 de la madrugada y de rebote. La partida de cartas acabará y también la relación al poco tiempo. Yo les doy una semana. Y se la llevo dando desde hace un cuarto de siglo, que vi la película por primera vez. Tuve la suerte de discutir de ello con el maestro Garci cuando lo conocí en 2018. Le necesitaba como fuente para un ensayo que estaba escribiendo y me citó en el bar de un hotel del centro de Madrid. Cuando le llamé a su fijo —Garci no tiene móvil— me hizo sentir como una de las criaturas de sus guiones. El tío clavaba cada línea:

[…]
—¿Entonces puedo invitarte a un café y me respondes unas preguntitas, José Luis? No te quitaré mucho tiempo.
—Bueno, quizá mejor a un dry martini. Conozco un sitio donde los hacen cojonudos.
—Un dry martini entonces —respondí feliz y excitado por adentrarme en su mitomanía barística.
—Uno no es suficiente y tres son demasiados.
—Hasta el lunes.
—Nos vemos.

Cuando Garci hubo satisfecho todas mis preguntas, encontramos un punto en que todo fluía a ritmo de jazz. Seguíamos conversando por el mero hecho de que era fácil y porque nadie nos esperaba en ninguna parte. Qué bien cuando encuentras ese estado animado que dan dos dry martinis (nunca tres) y toda la historia del cine para diseccionar. En un momento dado, vino al caso y no pude evitar confesarme:

—Mi película favorita es El apartamento. Habláis mucho de ella en el programa.
—La escena del espejo roto es uno de los grandes momentos de la historia del cine. Ahí está todo: su vida, las dos partes. Sale Fred MacMurray, el de Perdición. Está cojonudo haciendo de hijo de puta.
—Cuando era adolescente y me quedaba en casa los fines de semana, mi madre entraba al cuarto a darme las buenas noches y me decía: “¿Qué estás viendo?”. Entonces miraba un par de segundos la pantalla y se respondía sola: “Ah, la misma”. He debido de verla como 30 veces.
—Esa es redonda. Y de guion, perfecta. Shirley MacLaine se da cuenta de que [MacMurray] no la quiere. Y cuando se enciende la luz [después de las campanadas de año nuevo] ella ya no está ahí. Corre, suena el boom, sale el otro y acaban con la partida de cartas.
—Pero a la semana ella le dejará.
—Igual duran más porque no está enamorada.

Hoy he repasado mentalmente aquella conversación y también la frase final de Garci, que me pareció lapidaria pero injustificada. ¿Cómo podía ser la indiferencia (llamémosla simpatía) mejor combustible para una relación que el propio amor? Entonces he chequeado mi entorno y a mí mismo. Son pocas las personas enteramente felices como pareja que encuentro a mi alrededor y los que de verdad saben hacer funcionar el combo lo hacen por un compromiso desapasionado y un sentimiento de compañerismo eficaz. Cuando modulas las expectativas y te das cuenta de que Woody nunca va a ser más que Woody pero probablemente siga siendo siempre Woody, el alivio es monumental. Porque MacMurray también va a seguir siendo MacMurray y el MacMurray que conocemos no es la monda que digamos.

La frustración amorosa no proviene del hecho de que ya no te quieran como al principio, creo yo, sino de que, sin la esgrima retórica del cortejo inicial, lo que quedamos somos seres humanos que hacemos lo que podemos con lo que tenemos, muchos de nosotros algo escacharrados y más después de la pandemia [inserte aquí su opinión formada o no sobre Simone Biles y la importancia de la salud mental].

Pedimos bastante a los seres humanos porque el canon romántico mayoritario empujado por la literatura y el cine en el siglo XX mostró personajes unidimensionales con corazones infinitos, pero cuando un cínico como Wilder nos chiva que quizá en la normalidad y en la rutina habite el triunfo, reparas en que seguramente El apartamento sí sea una comedia después de todo…. aunque necesitara decodificar aquel mensaje embotellado por Garci recién levantado de la siesta y con tres años de retraso.

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