'El dilema de las redes': El documental más comentado de Netflix

Quizás una de las cosas más difíciles a la hora de abordar el tema de internet y las redes sociales (¿por qué no dejan de decirnos que son tóxicas? ¿quién las controla? ¿por qué son tan adictivas? ¿realmente han cambiado el mundo tal y como lo conocíamos?), que es en definitiva un debate sobre cómo funciona nuestro mundo presente, es conseguir explicar su funcionamiento y consecuencias con claridad.

Hacerlo entendible para un usuario medio que no entiende qué hay de malo en publicar una foto en Facebook, ver los vídeos recomendados de Youtube o pasarse horas pasando ‘stories’ en Instagram. Y esa es precisamente una de las grandes virtudes de El dilema de las redes de Netflix, un documental que logra como muy pocos han conseguido antes mostrar la verdadera cara de las redes sociales sin paternalismos, pero sí un buen puñado de información necesaria y advertencias bastante útiles.

Hay dos pilares sobre los que Jeff Orlowski (que ya demostró su habilidad para las explicaciones contundentes y hasta aterradoras, en aquel caso sobre el cambio climático, con Persiguiendo el hielo y En busca del coral) sustenta esta película. Por un lado, la voz experta (y hasta arrepentida): los hombres y mujeres que crearon buena parte de las aplicaciones sociales que utilizamos hoy día, desde una de las primeras creadoras de Instagram hasta el que inventó el botón de ‘Me gusta’ en Facebook o el que creó Gmail, pasando por la figura más prominente del grupo, Tristan Harris, apodado “La conciencia de Silicon Valley” cuando trabajaba como diseñador ético en Google.

¿Quién mejor que ellos para explicarnos que todo aquello que inventaron se ha convertido en un monstruo incontrolable? Harris ha acabado siendo cofundador del Center for Humane Technology (Centro para la Tecnología Humana), que reclama un mayor control sobre las redes, que hoy día están manejadas, dicen, por algoritmos en busca del máximo beneficio.

Esa es una de las grandes ideas que deja El dilema de las redes: el problema de la toxicidad de las redes sociales es que están controladas por centenares de ordenadores I.A. programados con un algoritmo que busca a toda costa que el usuario nunca deje la aplicación. Una persona humana podría poner límites a lo que se puede hacer para crear adicción en los internautas, pero una máquina no entiende de eso.

Por ejemplo, como apunta Harris, detectan que las ‘fake news’ crean muchas interacciones y por eso son las que más se comparten y promocionan en las plataformas, porque son las que dan los mejores resultados. El ordenador no se preocupa por lo que esas falsedades provocarán en usuarios jóvenes, demasiado crédulos o predispuestos a las teorías de la conspiración.

Solo le quiere pegado a la pantalla durante horas y horas. Sin ese filtro de la decencia, el resultado es un mundo desinformado, polarizado y radicalizado. Y lo peor de todo es que, como se dice en el documental, la mayoría de los que trabajan en estas grandes empresas tecnológicas no tienen ni idea de cómo funciona la tecnología que manejan, que ya hace tiempo que está creada y avanza con ‘vida’ propia.

El otro pilar, que quiere hacer aún más visual todas estas problemáticas que comentábamos (es decir, poner en práctica la teoría que explican los expertos), es una especie de docudrama dentro del documental, una pieza de ficción que nos muestra una familia norteamericana corriente y cómo se ven afectados por los ‘smartphones’ y las redes sociales.

Así vemos cómo los adultos están enganchados, pero tienen la experiencia y el control para ponerse límites y decir basta. Sin embargo, los más jóvenes de la casa no tienen tantas herramientas para enfrentarse a la marabunta de las redes. Isla (Sophia Hammons) es una preadolescente que prácticamente vive en Instagram, donde habitualmente se muestran unos estándares de belleza irreales a los que especialmente las mujeres jóvenes no pueden llegar, frustrándose y odiándose en una etapa decisiva de su vida como la adolescencia. Es la función que ejercían las revistas de moda antes del ‘boom’ tecnológico, pero el carácter adictivo y masivo de las redes empeora la situación.

Es el otro hijo quien recibe más atención en el documental, Ben (Skyler Gisondo), y es que muestra otra realidad que en esta temporada de elecciones en Estados Unidos será clave: la radicalización a través de la proliferación de mentiras, conspiraciones y ‘fake news’ que le aparecen en su muro de Facebook cada día.

En este caso, la máquina cobra vida en el cuerpo de Vincent Kartheiser, el Pete Campbell de Mad Men, que nos ayuda a entender de una forma muy didáctica cuál es la lógica de los algoritmos a la hora de enviar y recomendar ciertos contenidos y notificaciones a tu móvil. En esta parte ficcionada de la película, aprendemos cuáles son las consecuencias reales: el impacto en las mentes y autoestima de los jóvenes, la erosión de las relaciones familiares, la incapacidad de conectar con otros en persona, el aislamiento… Y todo porque las redes sociales quieren algo de ti, la moneda más importante hoy día junto con los datos personales: tu tiempo. “Si no pagas por usar un producto, tú eres el producto”.

Al contrario de lo que pueda parecer por las recomendaciones finales del documental (que reduzcas tu tiempo en redes sociales o que directamente te las elimines del teléfono), no intenta venderte la idea de que las redes son malignas y que deberíamos dejar de usarlas. No es alarmismo por alarmismo y eso es lo más interesante: da soluciones reales.

Propone medidas que podrían hacerse desde los gobiernos (limitar el control y acumulación de datos, ponerles precio a esos datos para que la exigencia económica les suponga un problema, proteger mejor la privacidad de los usuarios, legislar a conciencia lo que ocurre en internet para poder perseguir crímenes que aún no están reconocidos…) y también pequeñas cosas que podemos hacer cada día para no ser manipulados y que no requiere un apagón tecnológico extremo (evitar las recomendaciones, contrastar todas las informaciones que nos llegan, no estar tan pendientes de las notificaciones…).

Está claro que la adicción al ‘smartphone’ no desaparecerá después de esta hora y media de película, pero siempre podemos recurrir a un arma más poderosa: estar informados. Si sabemos cómo funciona el mundo, seremos menos susceptibles a caer en sus trampas y entenderemos mejor de qué va este mundo extraño y complejo en el que nos ha tocado vivir.

Entender no solo cómo utilizamos internet, sino también cómo internet nos utiliza a nosotros. Entender por qué las empresas tecnológicas son las que dominan el mundo por encima de los gobiernos elegidos democráticamente. Entender por qué llevan años llenándose los bolsillos con nuestros datos y por qué debería haber un cambio antes de que se convierta, si es que no lo es ya, en una situación irreversible. Y ese es el objetivo último del documental: explicarnos qué demonios está ocurriendo. Lo que hagas con esa explicación después es cosa tuya.



Vía: Fotogramas ES

Fuente: Leer Artículo Completo