Deborah Feldman, autora de “Unorthodox”: “No se fugan las mujeres valientes, sino quienes no tienen nada que perder”

Hay muchas razones para escribir unas memorias: notoriedad, terapia, activismo, venganza. Deborah Feldman (Nueva York, 1986), autora de Unorthodox (Lumen), el libro en el que se basa la serie de Netflix, lo hizo para ganar la custodia de su hijo a la comunidad judía ultraortodoxa que planeaba abandonar. Spoiler: lo logró.

Viéndola en el confortable salón de su casa de Berlín, cuesta imaginarla hace 15 años como una adolescente atrapada en un matrimonio concertado, incapaz de hacer frente a la intimidad sexual (antes de casarse, ni siquiera sabía que tenía vagina), obligada a raparse el pelo y a sustituirlo por una peluca, a llevar cubiertos brazos, piernas y cuello, a evitar los libros no piadosos y el idioma inglés. Y lo más sorprendente, es que esto sucedía en Williamsburg, el barrio más trendy de Nueva York.

Feldman llevaba tres años –desde el nacimiento de su hijo, Yitzi– planificando cuidadosamente su marcha. “Estudié, ahorré, averigüe cómo funcionaba el mundo exterior, hice amistades en él…”. Los abogados le aseguraban que, si se iba, perdería la custodia del niño. “Conocía muchas historias, como la de Gitty Grunwald, que huyó de su comunidad con su hija pequeña. Un día, cuando estaban en el parque, se la quitaron. La escondieron en la comunidad, donde Gitty no tenía acceso, y, como hacen siempre, usaron su dinero e influencia para alargar el juicio de custodia durante una década. Cuando hubo que dictar sentencia, el juez decidió que sería un shock para la niña volver a ver a una madre a la que ya no conocía y exponerla a un estilo de vida tan diferente de aquel en el que se había criado. En EE.UU., la libertad religiosa es algo sagrado, pasa por encima de otros derechos”.

Cuando una mujer habla, lo primero que se hace es minar su credibilidad. Pero puede que esa campaña fuera la clave del éxito del libro”.

Una abogada que había perdido un famoso caso de este tipo en los 80, dijo a Feldman que había una forma de ganar. “No es una vía legal”, me dijo. “Tienes que conseguir que la comunidad sienta que los estás exponiendo a la luz pública de tal manera que no les merezca la pena seguir”. Y entonces se me ocurrió escribir un libro”.

La estrategia funcionó. “El día que se publicó Unorthodox, yo iba a salir en el programa de Barbara Walters, con 12 millones de espectadores. Mi abogada les dijo a los de mi exmarido que, si los papeles de la custodia no estaban firmados antes de la entrevista, yo contaría toda la historia en directo. Llegaron 10 minutos antes de que saliera al plató”. Pero, ¿qué querían ocultar su comunidad, los satmar? Por ejemplo, episodios tan escabrosos del libro como en el que un padre asesina a su hijo tras sorprenderle masturbándose o la vez que un primo de Deborah intentó violarla.

“Sorprendió por su crudeza –afirma–. Los pocos que habían escrito sobre ello, hombres todos, era a través de la ficción u omitiendo detalles controvertidos. Cuando una mujer habla, lo primero que se hace es minar su credibilidad. Crearon un blog para exponer mis “mentiras”, pagaron para que escribieran reseñas negativas en Amazon… Y puede que todo aquello fuera la clave del éxito del libro. Intrigó a muchas personas que en principio no habrían estado interesadas en leerlo”.

En el resto del mundo, su historia se popularizó en marzo, cuando Netflix estrenó la miniserie basada en el libro y su secuela, Exodus. “Ha ayudado el momento que vive el feminismo. Es la historia de la emancipación de una mujer, y es lógico que eso interese en países donde las mujeres están reclamando la propiedad de sus cuerpos. En otras historias de este tipo, al público le atrae lo exótico, hay un espíritu de voyeurismo. En esta, lo que prima es el reconocimiento de una experiencia femenina universal”.

Yitzi, que tiene ahora 14 años, es la recompensa de toda aquella travesía del desierto. “No recuerda nada de ese mundo, solo conoce este. Y, al contrario que yo, pertenece a él. Cuando tenía siete años, pasó una fase en la que hacía muchas preguntas sobre nuestra vida anterior, pero no creo que le pese de la misma forma que a mí. Y esa es, precisamente, la razón por la que me marché”.

La brecha más dolorosa entre la serie y la realidad está en la figura de su madre, que abandonó la comunidad (y a Deborah) cuando la autora era una niña, huyendo de un marido desequilibrado y alcohólico. En la serie, la madre recibe a Esty en Berlín con emoción y remordimientos. “El reencuentro entre Esty y su madre es la fantasía del que yo habría querido tener. No es mi historia y no la voy a contar, pero la ordalía de mi madre fue mucho mayor que la mía, y sobrevivió borrando por completo el pasado. Es algo que la gente traumatizada hace a menudo, y es un mecanismo muy efectivo… hasta que algo de ese pasado se te pone delante. Cuando aparecí, yo fui para ella la hija perdida, pero también la prueba de que todo eso que ella negaba existía. Mi madre no era psicológicamente capaz de lidiar con el pasado y yo quería explicaciones sobre ese pasado. Pensé que, si creaba una relación de confianza, esa conversación sería posible en algún momento. Pero cuanto mejor nos conocíamos, más insistía ella en fingir que las cosas habían sucedido de la única manera posible. Y para mí, fingir es algo muy doloroso, algo que me obligaron a hacer durante mucho tiempo”.

Sorprende su ecuanimidad ante hechos tan dolorosos. Pero no le gusta que se hable de su coraje. “Mencionan en las entrevistas el valor femenino y me molesta. Si decimos que yo, o Esty, somos “valientes”, decimos también que todas las otras mujeres no lo son y por lo tanto no merecen la felicidad. Y así repetimos lo que se ha dicho a las mujeres desde la llegada del feminismo: que solo algunas merecen ser recompensadas con igualdad y libertad”. Su punto de vista es muy diferente: “Las mujeres satmar tienen razones de sobra para quedarse. Dejar la comunidad tenía consecuencias tan devastadoras que no tenía ningún sentido considerarlo. Pierdes a tu familia y amigos, tu seguridad económica, tu identidad. Debes reconstruirte desde las cenizas. No se fugan quienes son valientes, sino quienes ya no tienen nada que perder”.

Ese vértigo, ese futuro incierto, están muy presentes en el libro y en la serie. Ambos tienen, de hecho, un final abierto. “Terminé Unorthodox nueve meses después de dejar la comunidad. Está escrito en presente porque para mí estaba pasando a la vez que lo escribía. No tenía un final que ofrecer a los lectores, igual que en la serie no sabemos qué será de Esty. Para muchos, es frustrante que no incluya un final feliz. Pero la felicidad es algo que requiere mucho tiempo”, reconoce.

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