Cómo bajar la fiebre en los niños: consejos efectivos

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    La fiebre no es sólo un síntoma de que algo no va bien, es también un mecanismo para aumentar nuestras defensas. Por eso, los pediatras llaman la atención sobre el abuso de fármacos. Si el niño está bien, aunque tenga fiebre, no hay por qué medicarlo. Si es necesario, acostúmbrate a darle la dosis adecuada: 10-15 mg por kilo de peso en el caso de paracetamol, y 10 mg/kilo si le damos ibuprofeno. No sobrepasar al día los 90 mg por kilo de peso si es paracetamol; y 40 mg si se trata de ibuprofeno.

    Ten en cuenta que no hay ninguna relación entre la cantidad de fiebre y la gravedad de la afección. Los niños tienen una respuesta más exagerada ante un proceso infeccioso porque tienen poco maduro su termostato particular y puede llegar casi a los 40 grados por una afección leve de garganta. Y aunque la fiebre suele dar somnolencia, en muchos niños produce excitación.

    Tener o no tener fiebre alta es cuestión del cuerpo de cada uno. Hay niños o personas que con una mínima infección en seguida desarrollan mucha fiebre y hay otros que, sin embargo, hasta con un proceso gripal apenas les sube un grado la temperatura. Cada bebé es un mundo, por eso tampoco hay que preocuparse constantemente de que todos los cambios que se producen en él sean malo. Como por ejemplo, los cambios en la curva del peso del bebé que es muy normal.

    BRONQUIOLITIS, ANGINAS, CATARROS…

    Un niño normal puede sufrir entre seis y diez contagios cada año. En esta época, el frío y la guardería se convierten en los frentes contra la salud del niño. Por eso, es el momento de visitar al pediatra para la oportuna revisión. Un aspecto de gran importancia es comprobar el calendario de vacunas.

    Anginas y catarros no tienen mayor importancia, pero una de las grandes preocupaciones es la bronquiolitis. De hecho, es la causa de que, en esta época, alrededor de 20.000 bebés ingresen en urgencias. Es la inflamación de los bronquiolos. Después de unos síntomas que parecen un catarro normal, empiezan a observarse sibilancias (pitos), una tos distinta, más seca, y dificultades para respirar. No suele ser grave, salvo en niños muy pequeños o que ya padecen una enfermedad respiratoria de otro tipo. Es fácil que se le solicite una placa de tórax y esa prueba de ponerle una especie de pinza en los dedos para saber el volumen de oxígeno en sangre. Porque si tiene dificultades respiratorias es posible que no tenga una buena oxigenación y por tanto necesite ingreso hospitalario.

    Para evitar los contagios por infección de un catarro o enfermedad que tengan los padres o los hermanos, lo mejor es esterilizar bien los biberones que le damos al bebé. Para ello cuenta con estos biberones para el bebé, mucho más seguros al ser de cristal en vez de plástico.

    DISTINTA A LA BRONQUITIS

    La bronquitis es la infección o inflamación, aguda o crónica, de los bronquios, es decir, afecta al comienzo del árbol bronquial. Puede estar producida por agentes patógenos, por irritación o por la acción de productos tóxicos. La cubierta interna de los bronquios se inflama. Al dilatarse, el calibre del bronquio disminuye, la respiración se hace sibilante y aparece tos seca. Suele cursar con fiebre y ceder tras unos días de tratamiento médico. Desaparece y no deja rastro. No es grave y el tratamiento está contrastado.

    Aunque en los momentos en los que tenga la garganta más inflamada no va a querer comer o beber líquidos, es muy importante no dejar que se deshidrate. Siempre hay que tener claro cuándo hay que dar agua al bebé y cuánta debe tomar.

    CUANDO ES MUY ALTA

    En la inmensa mayoría de los casos no tiene importancia. Pasará en unos minutos. Tres de cada cien niños va a tener alguna convulsión un día de fiebre; y un tercio de ellos, además, va a ser recurrente, es decir, que esas convulsiones van a repetirse.

    ¿DE URGENCIAS?

    La preocupación es la que nos lleva a urgencias. Aunque no está de más saber que dos terceras partes de las urgencias que llegan a los servicios correspondientes no son tales. En un trabajo sobre 108.000 urgencias se supo que, de cada 100 atendidos, quince tenían problemas realmente urgentes, otros quince fueron ingresados y el resto podrían haber sido atendidos en cualquier centro de salud.

    QUÉ HACER

    Los pediatras aconsejan que se ingrese a todo niño que tenga convulsiones si no ha cumplido aún los dos años. Aunque en la mayoría de casos pasan enseguida, debe ingresarse al niño si se mantienen durante más de quince minutos. En el hospital recibirá el tratamiento oportuno para detener la crisis y conocer la causa que la originó.

    Si la convulsión es corta y sin ninguna alteración de otro tipo, los padres pueden estar tranquilos. Eso sí, a partir de ese momento, el niño es candidato a sufrir convulsiones si le sube la fiebre. Así que deben procurar que no llegue a ese tope. La mayoría de convulsiones febriles son breves y sin consecuencias. La mayor incidencia se sitúa en torno a los tres y los cinco años y se produce más en niños que en niñas.

    Durante el período en el que el niño está enfermo no hay que descuidar aspectos tan fundamentales como la alimentación. Por mucho que le cueste comer en algunas ocasiones, hay que seguir animándole a que no deje de ingerir. Los purés son una opción sencilla y fácil de consumir, no te pierdas estos consejos sobre cómo preparar un puré de verduras sano y rico.

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