Alexandra Cousteau: el legado de los océanos de la nieta del divulgador marino más importante del siglo XX

“La primera vez que mi familia me llevó en una expedición tenía seis meses y el primer año de mi vida lo pasé navegando con mi padre, mi madre y la tripulación. Incluso después de la muerte de mi padre, seguí acompañando a mi abuelo, así que nunca pensé en hacer otra cosa”, explica Alexandra desde su casa en el valle del Loira, a tres horas de París, donde tiene lugar la sesión de fotos. “Vivimos en el campo. Hay pájaros, insectos y un gran lago justo al lado de la casa que está lleno de ranas y patos”.

Mujerhoy. Sin embargo, su habitat natural es el océano.

ALEXANDRA COUSTEAU. Aprendí a nadar antes de caminar, estar en el agua siempre me ha resultado muy reconfortante. He tenido encuentros cercanos con tiburones, mantarrayas, ballenas, delfines, pulpos… Cuando interactúan conmigo, lo considero un regalo. Se da una magia que no siento en ningún otro lugar.

¿Cómo han cambiado los océanos desde que su abuelo y su padre comenzaron su labor de concienciación ambiental?

“Tenemos la mitad de ballenas, peces, fauna y flora marina que existía en los océanos cuando mi abuelo comenzó sus exploraciones”

La espiral ha sido descendente. No ha habido un año en el que los datos sobre la recuperación de los océanos hayan sido positivos en términos netos. Hay lugares donde suceden cosas buenas, pero la tendencia general ha sido de pérdida generalizada de biodiversidad año tras año. Tenemos la mitad de ballenas, la mitad de peces, la mitad de fauna y flora marina que existía en los océanos cuando mi abuelo comenzó sus exploraciones.

¿Por qué soluciones apuesta usted en estos momentos?

Es imprescindible restaurar lo que hemos perdido durante este tiempo. Hay que reconstruir los ecosistemas, los arrecifes de coral, controlar el cambio climático y cumplir con nuestras obligaciones ante este problema. Si no lo hacemos, en 2030 llegaremos a un punto de no retorno en el que se producirán pérdidas irreversibles. Para evitarlo, debemos comprender que esa narrativa de la sostenibilidad, que funcionó bien para las generaciones pasadas, debe cambiarse ahora por la de la reconstrucción. Solo así podremos tener en 2050 unos océanos más ricos de lo que lo son hoy en día.

Es la fecha que marca también el reto que plantea Ocean 2050.

Se trata de una organización que fundé con mi esposo y con el profesor Carlos Duarte que, además de gran amigo, es uno de los biólogos marinos más importantes del mundo. Hace tres años le llamé y le hice las siguientes preguntas: “¿Es inevitable que en 2050 nuestros océanos mueran y se conviertan en páramos? ¿Será la generación de mis hijos la que escriba el obituario del océano, o podemos restaurar lo que perdimos?”. Me respondió que no solo es científicamente posible recuperar los océanos, sino que, por cada dólar que invirtamos en ello, podemos obtener un retorno aproximado de 10.

¿Qué actividades realiza su fundación en esa dirección?

Nuestro primer gran proyecto ha sido analizar la capacidad de las granjas de algas marinas para capturar el carbono y contribuir a reducir el cambio climático. Hemos lanzado un estudio global innovador que ayudará a restaurar la riqueza de los océanos mientras avanzamos en la restauración del clima por medio de la acuicultura de algas marinas. El estudio de 15 meses cuantificará la absorción de carbono por las algas en granjas que las cultivan en los cinco continentes, avanzando la ciencia y, en última instancia, creando incentivos de mercado para la acuicultura. Dado que las granjas de algas marinas acumulan biodiversidad, nuestro objetivo es crear un sistema donde, en lugar de recompensar a las personas por explotar los océanos, los recompensamos por reconstruirlos. También se favorece la justicia social y la creación de comunidades resilientes.

¿Están respondiendo adecuadamente los gobiernos?

Si se tomaran en serio el problema, se podrían hacer muchas cosas. Por ejemplo, legislar sobre los plásticos de un solo uso o no subvencionar a las empresas responsables de la sobrepesca y la pesca ilegal. No nos engañemos, no solo son los asiáticos los que hacen estas prácticas, también hay empresas españolas o francesas que pescan ilegalmente. Los gobiernos deben dedicar las ayudas a aquellas que sean transparentes, rastreables a lo largo de su cadena de suministro y que ofrezcan a los consumidores mariscos capturados legalmente, saludables y que contribuyan a recuperar los océanos.

A otro nivel, ¿qué podemos hacer nosotros como consumidores?

Lo más fácil sería reducir el consumo de plástico, comprando los alimentos a granel, llevando nuestras propias bolsas, utilizando vasos de papel en lugar de vasos de plástico cuando vayan de pícnic y cosas así. También podrían pedirle a su pescadero de cercanía productos que sean rastreables y sostenibles. El fraude de productos del mar es muy habitual en todo el mundo. Crees que estás comprando un determinado pescado y en realidad es otro. Los consumidores sufren las consecuencias de una cadena deshonesta de suministro de productos del mar. Y, por último, no olvidar que todo lo que el consumidor usa en su hogar, por ejemplo los productos de limpieza, terminará yendo por el desagüe y abriéndose camino hacia los ríos y océanos.

¿Sigue siendo necesaria esa labor de concienciación?

A menos que hagamos un esfuerzo, nuestros hijos heredarán el océano que nosotros dejemos atrás. Pero no es solo la educación de los niños. También es la de nuestros legisladores, nuestros representantes electos y nuestros líderes empresariales. Cuanta más alfabetización oceánica tengamos en nuestra sociedad, más sencillo será reconstruirlos. Algunas personas siguen ignorando que el océano regula el clima en el que viven, el mismo en el que los agricultores producen la comida con la que se alimentan, y en el que las plantas producen el oxígeno que respiran o en el que viven los peces que dan forma a tu herencia cultural. Viví mucho años en España, pasé algunos de los momentos más felices de mi vida allí y sé lo importante que es para los españoles la comida. En ese sentido, si queremos cuidar esa cultura española, también tenemos que cuidar el océano.

La pandemia ha afectado a casi todos los aspectos de la vida. ¿Cómo lo ha hecho a los océanos?

El profesor Duarte ha analizado el impacto que ha tenido en los océanos y su conclusión fue que, al detenerse aquellas actividades que provocan efectos negativos, hubo cierta recuperación. En otros lugares, en los que los humanos siguieron interviniendo, la mejora no fue tan grande. Impactamos en los océanos en ambos sentidos y está en nuestras manos decidir ser los destructores de los océanos o sus administradores.

En aquellas expediciones que lideraban los Cousteau, la presencia femenina era prácticamente residual, aunque se decía que su abuela Simone era la verdadera capitana del Nautilus. ¿Siente que ahora se reconoce más la labor de las mujeres de su familia?

“Antes pensaba en qué habrían hecho mi padre y mi abuelo, pero ahora miro al futuro y pienso en qué puedo hacer yo”

Ahora hay más espacio para las mujeres que en la época de mi abuelo. Por entonces, las mujeres no tenían un papel destacado e incluso en mi caso, cuando era más joven, me conocían más como la nieta de Jacques Cousteau. Ahora he conseguido mis propios logros sin que se tenga en cuenta si soy la mujer o la nieta de nadie. Ese cambio también se ha producido en mí. Mientras que antes echaba la vista atrás y pensaba en qué habrían hecho mi padre o mi abuelo en una determinada situación, ahora miro al futuro, a mi hija, y pienso en qué puedo hacer yo para mejorar el mundo en el que viven.

Tiene dos hijos, Batlhazar (9 años) y Clementine (5), de su matrimonio con el arquitecto Fritz Neumeyer. Dada su dedicación, que le exige viajar con cierta frecuencia largas temporadas, ¿ha hecho como sus padres, que la llevaban con ellos o ha preferido darles una educación más convencional?

Antes de tener a mi hija, que es la pequeña, viajé muchísimo. Por eso, cuando nació decidí tomarme un año sabático para dedicarme a ella por completo. A partir de entonces tomé la decisión de viajar menos, unos tres meses al año en periodos de tiempo muy cortos. Además, en este último periodo, con la aparición de la Covid-19, he tenido la oportunidad de ocuparme de la educación de mis hijos en casa y hemos disfrutado de mucho tiempo juntos en familia, lo cual ha sido una bendición. En cualquier caso, cuando el viaje es una experiencia especial, intento que me acompañe mi familia para disfrutar de esa vivencia juntos.

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