El síndrome del impostor: así afecta en el gimnasio

La seguridad es uno de las cualidades personales más preciadas en el ser humano. Su ausencia afecta a todos los ámbitos de la vida: desde el primer día de universidad, hasta una entrevista de trabajo o el miedo escénico a hablar en público. Si bien esta carga de falta de autoestima es suficiente por sí misma para alterar nuestro sistema nervioso, más aún cuando se agrava y evoluciona en el síndrome del impostor.

La sensación de no estar a la altura, de sentirse juzgado o incluso de defraudar a quiénes se encuentran a tu alrededor define a este trastorno, que afecta a un 70 % de los trabajadores en sus empresas. Pero el síndrome del impostor además se puede encontrar en situaciones que se encuentran fuera del entorno laboral, como en los gimnasios.

Una gran cantidad de personas han afirmado sentirse fuera de lugar cuando comienzan su rutina de ejercicio en un lugar nuevo e, incluso, cuando las máquinas que necesitan para entrenar se encuentran ocupadas por otras personas. El síndrome del impostor altera el estado natural de la persona y consigue que se sienta tan perdida y desubicada que busca realizar los ejercicios pasando desapercibida. Incluso, en su entrada y salida del vestuario se esconde para que nadie le vea.

La vergüenza y la incomodidad ante el sentimiento de competencia y visibilidad son dos de los sentimientos mas frecuentes propios del síndrome del impostor en el gimnasio. El fraude subjetivo de la persona que lo padece aparece como fruto de su inseguridad y se manifiesta en una sensación de inexperiencia que le provoca pensamientos negativos y le impide desarrollar sus ejercicios con normalidad.

El síndrome del impostor afecta a todas las personalidades. Desde los expertos de ejercicio que llegan nuevos a un centro deportivo que no es el suyo habitual y tienen que enfrentarse a realizar su entrenamiento en nuevas máquinas, hasta, por supuesto, las personas que tienen menos práctica y que se ven envueltas en un halo de exigencia y competencia. Estos últimos además, se dividen en dos grupos diferenciados: aquellos que se rigen por las experiencias del pasado, como los acontecimientos que haya vivido en el colegio con sus compañeros y las mujeres, que presentan un 60% más de posibilidades de sufrir el trastorno ya que, en su mayoría, los gimnasios están dominados por hombres.

Las mujeres que presentan rasgos de este síndrome buscan entrenar en zonas del gimnasio en las que haya poca gente, evitan las horas punta, se apuntan a clases dirigidas en grupo e incluso, disminuyen el tiempo de ejercicio.

A pesar de que la única solución consiste en trabajar la salud mental a través de la autoestima y la confianza en uno mismo, para intentar disminuir los efectos de este sentimiento negativo de fraude, se recomienda a las personas establecer un tour guiado con un entrenador que le muestre las instalaciones especificando para qué sirve cada máquina y cómo se usa. También acudir con diferentes rutinas de entrenamiento o apuntarse al gimnasio con un amigo para encontrar un apoyo y disfrutar de los ejercicios.




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