Princesa Margarita, una novia que supo captar el estilo de los sesenta

La pasada primavera hizo sesenta años del enlace de la Princesa Margarita de Inglaterra y Tony Amstrong-Jones, pero la imagen de la novia, permanece como una de las más románticas y cautivadoras de la historia de los matrimonios reales. Él era un prestigioso fotógrafo, bohemio y seductor, que sabía moverse muy bien en los ambientes de la aristocracia, y ella, la Princesa más querida, hermana menor de la reina Isabel II, que encandiló a los británicos con su amor imposible por un capitán del ejército, héroe de guerra, pero divorciado y con hijos y plebeyo, llamado Peter Towsend, que había sido caballerizo de su padre, el rey Jorge V, y que le llevaba 16 años. Ni el Gobierno, ni la Iglesia aprobaban el matrimonio y la Reina Isabel no lo consintió, a pesar de las súplicas de Margarita, que se convirtió, con su juventud y su atractivo, en la viva imagen del dolor y la desdicha romántica. Para consolarse asistía a todas las fiestas posibles y bebía y fumaba más de la cuenta.

La infelicidad de Margarita parecía haber llegado a su fin, cuando el 6 de mayo de 1960 apareció bajo la arcada de la Abadía de Wetsminster de la mano de Tony Amstrong-Jones, ante 2000 invitados. Todos deseaban que viviera, por fin, su cuento de hadas. La familia no se había opuesto esta vez, aunque era la primera, en cuatro siglos, que un plebeyo emparentaba con la realeza británica. Amstrong-Jones, al que la reina nombró Lord Snowdon, se había educado en Eton y Cambridge, aunque sus malas calificaciones le obligaron a abandonar la Universidad. Publicaba sus fotografías en Vogue y Tatler, la biblia de la aristocracia británica. Su encanto provenía de su manera desenvuelta de tratar a la nobleza. A la princesa Margarita le atrajo su seguridad en sí mismo y su atractivo. Su forma de vida bohemia, sin protocolo, sin servicio, tan alejada de la rancia vida de palacio, le entusiasmó.

Gran Bretaña empezaba a cambiar y el enlace de Margarita era la prueba. Estaba a punto de cumplir 30 años. Su vestido, en organza de seda blanca, diseñado por Norman Hartnell –modisto de cabecera de la Familia Real, que también creó el traje de novia de la Reina Isabel– era un diseño con falda corola de más de 30 metros, cintura ajustada, mangas tubo y escote cruzado. Llevaba la espectacular tiara Poltimore, de diamantes, creada por el joyero Garrard, regalo de su madre, la reina Isabel, ajustada a un moño alto, un clásico de la época, del que fluía en cascada el velo. Margarita marcó una época. Su “look” nupcial era una mezcla de suntuosidad real y “charme” juvenil y romántico. Vogue lo calificó de “obra de arte a medida” y Life, “el vestido de novia real más sencillo y favorecedor de la historia”. Su marido la fotografió tiempo después en la bañera con la tiara puesta.

La ceremonia llegó a millones de personas a través de la televisión y ambos se convirtieron en la pareja del momento en la escena social. Sus fiestas, en su apartamento del Palacio de Kensington, a las que acudían actrices, escritores, nobles y periodistas, y en las que corrían el alcohol y las drogas, eran legendarias. El soplo de aire fresco que supuso la pareja en una época cambiante acabó por las infidelidades constantes de ambos lados. Se divorciaron en 1978. También en esto Margarita fue una pionera: la primera en divorciarse en la familia real. Su hijo David nació en 1961 y su hija Sarah, en 1964. Margarita murió en 2002. Sus hijos vendieron la tiara Poltimore en subasta, en 2016, por un millón de euros.

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