La verdad ‘piadosa’ de Mariñas: “La unión de Ana y Aless era especial”

Es muy triste. Se ha cumplido un año de la muerte de Alejandro Lequio, al que todos sus conocidos familiarmente y en confianza llamábamos Áless. A poco de cumplir los 28 años, un cáncer se lo llevó cuando estaba lleno de ilusiones, esperanzas y proyectos. Eso destrozó a la hasta entonces siempre risueña, descuidada y animada Obregón, que sigue inconsolable con la pena, los llantos y el desconsuelo. Es un dolor insuperable que sólo las madres podrán entender y compartir. Perder un hijo es lo peor.

El pasado 13 de mayo fue un día muy duro para Ana, la añorada y tan cambiada Anita de los primeros tiempos, aunque deslumbró hasta llegar a ser popular. Ana no deja de añorar, evocar y llorar a su hijo en las redes sociales. El tiempo no calma, mitiga, alivia ni rebaja la pena, más bien al contrario, la aumenta. Es una devoción que no cede ni disminuye, los años pasan y Ana se conmovió y emocionó ante la carta con la que Clemente Lequio se despidió de su hermano también roto de dolor. Eran más que hermanos de sangre.

“No soy una madre coraje, soy simplemente una mamá”, resumía Ana. La relación entre madre e hijo siempre ha estado marcada y unida por una especie de invisible cordón umbilical, algo sólo posible en casos así.

“Ana resolvió convertirse en madre y padre de la inocente criatura”

Cuando en 1995 decidió echar de casa a Alessandro por engañarla con la azafata Silvia Tinao, Ana resolvió convertirse no sólo en madre; también sería el padre de la entonces inocente criatura. Ana hizo lo que la mayoría de mujeres en su caso, cogió fuerzas y lo sacó adelante mientras sonriendo capeaba el acoso informativo. Un mal gesto no sería perdonado ni entendido. Se impuso la prudencia, fue discreta y procuró desvanecerse en el runrún capitalino, mientras los paparazzi no dejaban de perseguirla pretendiendo pillarle o plasmar cualquier gesto revelador de su ánimo.

Ana era consciente de que el futuro del niño pasaba por la Universidad, y en eso se empeñó, y también aconsejado por su padre, al menos en eso, Áless se concentró en los libros. Supo evitar la facilidad de las alfombras rojas o vender exclusivas. Estuvo lúcido, o bien aconsejado por su abuelo, Antonio García, un promotor hecho a sí mismo que en 1969 compró casi toda La Moraleja, que había sido el coto de caza del rey Carlos III.Son, o al menos lo eran, nada menos que 1.500 hectáreas en la mejor zona madrileña hoy de precios disparatados. Allí viven actualmente Ana y sus hermanas Celia, Amalia, Javier y Juan Antonio, mientras que Antonio y Ana María se trasladaron al centro madrileño para estar en el follón capitalino.

Cuando en marzo de 2018 a Áless le diagnosticaron un sarcoma de Ewing, Ana hizo las maletas y se llevó a su hijo a Nueva York para que lo cuidasen en el hospital Memorial Sloan Cancer Center, bajo la supervisión permanente de su íntimo doctor Baselga. Creció la unión de madre e hijo, ella no dejaba de tranquilizar a sus seguidores. “Perdonadme estos cuatro meses de silencio, aunque entenderéis lo que estoy pasando como madre. Vuestros mensajes, apoyo, cariño y respeto nos dan fuerza para seguir luchando””, se justificaba. “No vemos el momento de volver a España”, lamentaba y suspiraba apenada porque se sentía, y lo estaba, sola. Vivir en Nueva York, sola y tan lejos de los suyos, fue un suplicio y pesadilla tan sólo soportados como sacrificio por Álex, su hijo del alma.

“Fueron noventa días, yo soporté con Álex los hospitales y las quimios. Fue horrible, eran diez horas de quimio tres días seguidos en una ciudad que es una locura”, recordó luego aún intranquila desde su apacible y carísima residencia de La Moraleja. Contaba admirada que a Áless “nunca le importó perder pelo o engordar. Sólo buscaba transmitir serenidad y me decía ‘mamá, no dramatices’”. Fueron diez meses de un tratamiento muy duro. “Un año donde cada día, querido Álex, me has dado una lección de vida con tu fuerza y tu sonrisa”. Aunque le molestaba que su hijo, despectivamente, calificase el mal tan sólo como “un resfriado”. Se necesita valor.

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