Harry, la rabieta del nieto preferido

Isabel II está destrozada. Siente que está perdiendo a su nieto más querido en un conflicto que ella debe afrontar como reina antes que como abuela, y eso le rompe el corazón. Enrique parece empeñado en deteriorar la relación tan estrecha que les ha unido desde siempre a cambio de una independencia de la familia y de la corona que cada vez genera más heridas. La más reciente se hizo pública en un comunicado con el que los abogados de los duques de Sussex respondían a la prohibición explícita de la monarca de utilizar el título de royal en los negocios privados que vayan a emprender. La pareja aceptaba la limitación a pesar de que, puntualizaban, no tenían por qué: “No hay ninguna jurisdicción por parte de la monarquía o del Gobierno por el uso de la palabra royal fuera del país”.

El desplante hacia la reina, con cierta carga de soberbia, se completaba después señalando lo que consideran un agravio comparativo: “Si bien existe un precedente para que otros miembros de la familia real busquen empleo fuera de la institución, para el duque y la duquesa de Sussex se ha establecido un periodo de revisión de 12 meses”. Era evidente que se referían a las hermanas Beatriz y Eugenia de York, las hijas del príncipe Andrés, que tienen sus ocupaciones privadas a la vez que asumen algunos compromisos de la institución. “Esos comentarios huelen a furia rencorosa. Y me temo que van a ir a peor”, aseguraba Tom Bower, el biógrafo oficial del príncipe Carlos.

Son muchos los que no comprenden la frialdad con la que trata a su abuela

Un refrán italiano dice que cuando todo va mal, llames a la abuela. Enrique lo ha hecho desde que su infancia se rompió por la muerte de su madre, la princesa Diana. Él ha sido el único nieto que ha quebrado el carácter poco afectuoso de Isabel II, el que siempre ha sabido sacarle una sonrisa con un humor mordaz que comparten y que han disfrutado juntos. Son muchas las imágenes que reflejan ese vínculo especial: la risa incontenible durante una parada militar en la que Enrique tenía que rendir armas frente a la reina; ese instante impagable durante una boda familiar en la que él la sorprende con un beso después de susurrarle algo al oído, provocando una reacción de colegiala enamorada en ella; el vídeo que muestra al príncipe explicando a la abuela cómo conectarse a través de una videollamada con los Obama mientras ella le mira orgullosa y él le responde con un gesto divertido.

Nieto mimado

Tal vez Enrique haya sido la única debilidad de la reina, por eso le ha perdonado todo: su tormentosa adolescencia marcada por las peleas, la marihuana y la indisciplina en el colegio; las fiestas de borracheras desatadas que le llevaban a disfrazarse de nazi o a desvestirse junto a chicas anónimas en la habitación de un hotel; o los pequeños desafíos a normas impuestas en palacio, como que todos los miembros varones de la familia fueran impecablemente rasurados. Enrique disgustó a su abuela dejándose crecer una barba frondosa que ella no aprobaba, pero que terminó por aceptar.

El carácter transgresor del príncipe es el mismo que le anima a enfrentarse a la familia y al país entero, renunciando a sus obligaciones reales y mudándose a Canadá. De esa forma pretende proteger a su mujer, Meghan Markle, y a su hijo Archie del acoso mediático que estaban sufriendo. Sin embargo, el remedio parece peor que la enfermedad. Según las encuestas, Enrique siempre fue, después de la reina, el Windsor más querido por la opinión pública, pero se está dejando jirones de ese afecto en la disputa por su autonomía.

Desaires públicos

Son muchos los que no comprenden la frialdad con que ahora parece tratar a su abuela, habiendo sido ella la que más comprensión le ha mostrado desde que se anunció que los duques de Sussex comenzaban una nueva vida. A las agrias críticas en la prensa, Isabel II respondió con un comunicado cariñoso e inusualmente personal en el decía entender la decisión y les deseaba lo mejor. Unos días después, aparecía en un acto público con un broche que le regaló un exgobernador de Canadá como símbolo de aquel país, en el que ya residen los duques, lo que se interpretó como un guiño familiar a la pareja. Por eso la respuesta airada al deseo de la reina de eliminar royal de la marca Sussex ha sorprendido a los británicos y ha dolido tanto a Isabel.

Desde el entorno de Meghan y Enrique se explica ese comunicado como una contestación a las presiones que llegan desde Buckingham para determinar cómo tiene que ser su vida y tutelar sus fuentes de ingresos, queriendo asegurar de esa forma que sus actividades no afecten a la imagen de la corona. Nuevas ataduras cuando todavía no se han librado de las que les atenazaban.

Lo cierto es que ya sin asignación del Estado británico y sin las aportaciones familiares, los duques tiene que asegurarse llegar a fin de mes. Los 30 millones de euros en que se estima su fortuna personal no les durarán mucho si se atiende a su actual ritmo de vida. Por ejemplo, según el medio Business Insider, Meghan gastó unos 500.000 euros en ropa durante su embarazo, lo que da una idea de cuánto cuesta mantener el armario bien abastecido para quien vive de su imagen real. Ahora están residiendo en la ciudad canadiense de Vancouver, en una mansión frente al mar valorada en 13.500.000 euros, de modo que el alquiler se imagina estratosférico. Su niñera gana unos 80.000 euros al año. Y ya han anunciado que se harán cargo de parte de los tres millones de euros que costó la reforma del palacete de Frogmore, la que iba a ser su residencia oficial en Reino Unido. Los gastos aumentan, pero también las ofertas de trabajo: conferencias, fundaciones, proyectos comerciales, incluso Hollywood está tentando a la duquesa Markle. La marca Sussex es oro, con o sin royal.

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