Exilio, vida en un internado y un amor truncado con Harald de Noruega: así fue la solitaria juventud de la reina Sofía

Doña Sofía fue una joven deportista y muy consciente de sus deberes reales, porque su infancia temprana estuvo marcada por el exilio y, más adelante, por la ausencia casi constante de sus padres, de viaje por Grecia una vez recuperado el trono. De su madre, Federica de Hannover, heredó el sentido de la solidaridad y la empatía con los que sufren y de su padre, Pablo I de Grecia, la religiosidad y el interés por todo tipo de creencias espirituales. Es la mayor de sus hermanos, pero nunca fue heredera al trono, porque ese papel le correspondió, desde el principio, a su hermano menor Constantino. Nació el 2 de noviembre de 1938 en el palacio de Psychiko (a las afueras de Atenas). De las actuales reinas europeas, solo doña Sofía es princesa desde que nació. Las fotos de sus primeros años muestran a una niña sonriente, muy rubia, jugando y bailando en los jardines de palacio con su hermano Constantino.

Pero la Familia Real griega sufrió las duras consecuencias de la II Guerra Mundial: Grecia fue invadida por las fuerzas del Eje – Italia, Alemania y Bulgaria– y, seis meses después, el 23 de abril de 1941, los Reyes Pablo y Federica, se vieron obligados a abandonar Grecia junto a sus dos hijos. Sofía tenía dos años. Primero estuvieron una breve temporada en la isla de Creta y después en Alejandría, El Cairo y Sudáfrica, donde nació Irene. Los recuerdos de la Reina provienen de los de su madre, porque ella era muy pequeña, pero hay una escena conmovedora, que recuerdan sus biógrafos, que marca esa temprana infancia. Sofía llora en el regazo de su madre que, presa del nerviosismo, le tapa los oídos con las manos y le canta unas nanas para que no se asuste con los ensordecedores motores del hidroavión inglés que les ha recogido en la bahía de Eleusis para llevarlos al exilio, entre las bombas nazis.

El largo vagar de país en país duró hasta que Sofía tuvo ocho años. La Familia Real griega era una familia errante y pobre. No tenían recursos propios y vivían de la generosidad de familiares y amigos. La Reina Federica cuenta en sus memorias que, en Sudáfrica, las ratas se comían sus cremas y que, en ocasiones, tuvieron que recoger las hierbas del camino para hacer sopa, mientras que los pañales de Constantino e Irene los hacían con periódicos. Los últimos años los pasaron en Londres. De esta época, le quedó a doña Sofía un fuerte temor al desarraigo, lo que la ha apegado mucho a la familia que ha creado.

La Familia Real regresó a Grecia en septiembre de 1946. Su tío Jorge II ocupó primero el trono y, a su muerte, su padre, el Rey Pablo. Se instalaron en el palacio de Tatoi, una hermosa finca cubierta de pinos, donde la Reina Sofía vivió los años más felices de su infancia y juventud y donde hoy están enterrados sus padres.

Luego llegaron los años de formación y el estudio. Doña Sofía estudió en Alemania, en el prestigioso y elitista internado Schule Schloss Salem, el único del país que ofrecía la posibilidad de conseguir el Bachillerato Internacional. La directora era su tía política, la princesa Sofía de Grecia y Dinamarca. De esta época se cuentan anécdotas sobre las travesuras de la reina Emérita y de cómo, a pesar de su rango y de la presencia de su tía, recibía idénticos castigos a los de sus compañeras. Al finalizar, estudió Bellas Artes y Arquelogía en la Universidad de Atenas y se formó como puericultora en Alemania, aunque realizó las prácticas en una maternidad de Atenas, Mitéra, fundada por su madre. Más tarde, continuó su formación en el Fitzwilliam College de la Universidad de Cambridge.

Pero si hay algo que apasiona a doña Sofía es la vela. Formó parte como suplente de la selección griega de vela durante los Juegos Olímpicos de 1960, celebrados en Roma. La reina practicaba frecuentemente este deporte y participaba a menudo en varias regatas en Grecia y en el extranjero. Sus estancias en el mar son lo que más feliz le hacen.

La familia real griega era una familia muy unida. Pero su gran compañera y su refugio fue su hermana Irene, aunque era cuatro años menor que ella. Probablemente también sufrió la predilección de su madre, Federica de Gracia, por su hermano Constantino, especialmente cuando este cayó enfermo. Federica llegó a rayar en la obsesión: era el único hijo de la familia y estaba llamado a ser el heredero.

A principios de los años cincuenta la propia Sofía se convirtió en un gran apoyo para sus padres y para la Corona. Empezó a acompañar a Pablo y Federica en sus viajes. Era todavía una adolescente, pero hizo algunos viajes sola, a veces caminando, otras al lomo de mulas o en jeep descubierto. Era muy popular entre los griegos.

¿Y el amor? Sofia estuvo a punto de casarse con Harald de Noruega. Estaba enamoradísima, según algunos biógrafos, pero la relación no prosperó porque el futuro Rey de Noruega ya tenía el corazón ocupado por Sonia Haraldsen, con la que se casaría tiempo después. El destino le había reservado a un joven alto y rubio, llamado Juanito, futuro rey de España. Se casaron el 14 de mayo de 1962.

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