El día que se murió el fútbol

Es inevitable pensar en Maradona y no hacerlo en el gol de eslalon que le metió a Inglaterra en el 86. Es el que lo convirtió en dios y le hizo ganar por moviola la guerra de las Malvinas. Ahora Twitter es un tsunami que rebosa ese gol y sus cientos de milagros deportivos. Una competición para ver quién reza el piropo más grande, una carrera de velocidad por encontrar el mejor símil. No superarán a Calamaro: “Maradona no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero”. El resto de sus vídeos de YouTube se verán cientos de millones de veces más y habrá quien diga que él fue Argentina y que hoy muere el fútbol. Chiva el periodista Julio Maldonado “Maldini” que nunca hubo ni habrá un futbolista del talento de Maradona. Y Maldini ha visto casi todos los partidos. No le quito mano.

Porque antes el fútbol no era cosa tan democrática, la primera vez que pude verlo en directo fue debutando con el Sevilla el 22 de septiembre de 1992. Las crónicas fueron duras pero no sangrantes. Había venido a ungirnos espolvoreando aún un poco de aquel talento. Hacía más él por la Liga española que al revés y lo sabía. Ahora las estrellas europeas se retiran en China y Estados Unidos. Entonces a él le resultó exótico hacerlo aquí. “Más carisma que fútbol”, le reprocharon, pero cómo desprenderse de lo primero. ¿Cuál es el bromuro que inhibe el aplauso y el cariño automáticos? Venía con los deberes hechos y se movía con la inercia de la historia.

El cromo de Maradona recién acuñado, que no nos cabía en la doble página del álbum destinada al Sevilla, iba directo a la sección de fichajes, y la tarde previa aquel debut les había tocado a dos compañeros de clase. Escucharon ofertas de hasta otros 100 cromos por él y rechazaron todas. No se puede embotellar, ni cuantificar, ni medir, ni cambiar, ni negociar, ni traficar con el talento. Después de aquella fofa temporada en la que metió cinco goles y dio nueve asistencias en 26 partidos pero puso todos los focos del planeta Tierra en un equipo inesperado, jugó cinco partidos más con el Newell’s Old Boys y otros cinco con la selección y se retiró a los 34. Y no es que comenzara la leyenda, porque después de sus trabajitos para el Nápoles y la selección argentina, nunca hizo falta perspectiva para adorarlo.

Desde entonces sus palabras resonaron con la intensidad de un papa o de un ángel caído. Le escuchaban con devoción sus paisanos y casi todos los habitantes del planeta fútbol. “Sirvió de compensación para un país que en pocos años vivió varias dictaduras militares y frustraciones sociales de todo tipo”, llegó a explicar Valdano. El sociólogo Eliseo Verón lo comparó con Evita. Sus malabarismos con una naranja, sus demandas de paternidad, sus denuncias de acoso sexual, sus problemas con el fisco y con las drogas, aunque duras, y aunque graves, fueron humo y personaje. Se tenía una cierta bula con él… por lo del carisma. No hay ningún otro jugador de fútbol o del resto de deportes con un culto a su nombre: la iglesia maradoniana.

Con todos sus claroscuros, la etapa de civil del Pelusa fue una parodia de sobrepesos y tintes de pelo, de insultos y de bravuconadas hasta que el director italiano Paolo Sorrentino lo pintó en La juventud como un jubilado en pleno desenganche, un Elvis del fútbol que hacía aquagym mientras procuraba alejarse de las adicciones, que al final le encontraron y hoy le han tumbado a los 60 años. Hay dos caras de la moneda y él nunca las ocultó. Pero aún desbordando la piscina y convertido en caricatura era capaz de traspasar todas las generaciones maravillando con su sola presencia derrumbada a un niño que solo podía adorarle de oídas. Por el mero hecho de haber golpeado una pelota con la pierna izquierda mejor que nadie en la historia de la humanidad.

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