El derrumbamiento sentimental de Melyssa no tiene precio: por qué los concursantes de La isla de las tentaciones le regalan a Telecinco sus momentos de máxima audiencia

Se masca la tragedia en La isla de las tentaciones, con una Melyssa absolutamente en la inopia que se derrumbará a los pies de Sandra Barneda cuando vea a su Tom en la cama con Sandra, una de las ‘tentadoras’. El patetismo de su reacción ha suscitado una expectación máxima en la audiencia, que está deseando comprobar cómo va a reaccionar la catalana ante la infidelidad flagrante de su, hasta el momento, novio. El precedente augura una escena inolvidable: por una situación nimia que vio en episodios anteriores, Melyssa estuvo tres días llorando y terminó infringiendo las reglas del programa al escaparse de su alojamiento para pedirle explicaciones a Tom. Tragedia, tragedia griega.

La crítica televisiva insiste: nos enganchamos a un espectáculo vano, exhibicionista e infantil, que promueve una consideración tóxica de las relaciones de pareja. En realidad, se trata de una versión pasada por el filtro de ‘realidad’ de los ‘reality shows’ de los viejos culebrones, con el morbo añadido de que ha sucedido ‘de verdad’. Necesariamente tenemos que poner entre comillas esa pretensión de realidad, porque ya es de dominio público que este tipo de programas funcionan con los llamados ‘guiones suaves’ que, sin llegar a escribir el diálogo de las escenas, sí preparan y promueven las situaciones. En otras palabras: los concursantes saben que tienen que dar juego y cómo hacerlo.

Cuando los concursantes de los ‘reality shows’ son profesionales y creíbles, las audiencias suelen responder sin problemas. Sin embargo, el auténtico milagro, la lotería de un casting, es encontrar participantes que realmente se crean lo propuesto por el programa y lo vivan echando toda su ingenua carne en el asador. O sea: que las emociones, los sentimientos, las reacciones sean absolutamente reales. Eso es oro para la televisión, como prueban las increíbles audiencias de “La isla de las tentaciones”. En la pasada edición, el enganche sexual de Fanny con Rubén interesó a 3.618.000 de espectadores (un 30% de share).

Para hacerse una idea de lo que supone ese dato de audiencia, el último partido de la selección española de fútbol congregó frente al televisor a 3.118.000 de espectadores. Pocos programas de ‘Gran Hermano’ o ‘Supervivientes’ han alcanzado estas cifras. Imposible calcular el negocio que Mediaset puede llegar a hacer con la publicidad que se coloca en ‘La isla de las tentaciones’, todo gracias a la entrega absolutamente ingenua de Melyssa, que ‘vive su experiencia’ ajena a cómo se cotizan sus emociones en el mercado de la televisión. Si continúan las condiciones del año pasado, las ha vendido por una estancia en un complejo turístico de lujo en Santo Domingo y alrededor de 2.000 euros en derechos de imagen. Una fruslería.

Lo peor de ”La isla de las tentaciones’ probablemente no sea la imagen que traslada de las relaciones de pareja ni el guión previo de la mayoría de los concursantes, sino los efectos del programa sobre mujeres muy jóvenes y con muchas ganas de triunfar en los medios de comunicación. El intercambio no es justo, sobre todo, si entregan sus emociones sin filtros, como es el caso de Melyssa. A esta le queda amortizar la popularidad en espacios paralelos: los bolos en discotecas, su perfil de Instagram y, si puede aprender en tiempo récord a comunicar según el libro de estilo de Mediaset, en otros programas de la cadena. Y optar a ser la nueva Sofía Suescun o la siguiente Fanny. Otro drama.

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