Diana Mitford, así fue la vida de la reina nazi de la alta aristocracia londinense que consiguió ser íntima de los duques de Windsor (y traicionarlos)

Mientras los británicos se obsesionaban por el adorable desfile de bichos raros y aristocráticos que Nancy Mitford reflejaba en sus novelas sobre cómo era la búsqueda del amor en el competitivo mundo de las debutantes de la alta sociedad, la vida real de las hermanas Mitford transcurría bastante alejada de todo aquello.

De los siete hijos que tuvo Lord Redesdale a golpe de látigo (la novelista Nancy, la comunista Jessica, la duquesa Deborah, la ultranazi Unity y los desconocidos e ignorados Pam y Tom), solo Diana Mitford fue capaz de seducir y repeler al mismo tiempo y con la misma intensidad a todo un país. Encarcelada por ser considerada un peligro para el país durante la Segunda Guerra Mundial, amiga y admiradora de Hitler, amante del creador de la Unión Británica de Fascistas y “una persona famosa y horrible”, como a ella misma le gustaba definirse, Diana Mitford supo aprovechar cada oportunidad que tuvo en la vida para medrar y convertirse en un ave fénix de la alta sociedad británica llegando desde lo más bajo a considerarse la amiga más íntima y elitista de los duques de Windsor.

Cuando la Venus de Boticelli de la alta sociedad inglesa conoció a Hitler

Antes de pasar a ser la mujer más odiada de Inglaterra Diana Mitford fue la más deseada. Como sus hermanas y hermano Diana Freeman-Mitford se crió sin orden ni concierto en el caserón familiar de Asthall Manor en donde acumulaba sabañones, institrutices, prejuicios de clase y una buena cantidad de anecdotario de pesadilla en forma de experiencias como una operación de apéndice en la mesa del comedor señorial.

Desde muy joven tuvo claro que si quería vivir un futuro en una casa sin goteras debía casarse bien, y con esta intención desplegó toda su belleza y sentido mordaz del humor a los 18 años por los salones de Londres y París. Su inteligencia combinada con su mirada azul zafiro hicieron un buen trabajo y se comprometió en secreto con un heredero de la saga Guinness llamado Bryan Walter que podía gastar 20.000 libras al año en su esposa y poseía propiedades en toda Inglaterra y parte de Irlanda además del título de barón de Moyne.

Casada desde 1929 y madre desde 1930 (repetiría embarazo en 1931), Diana Mitford se dedicó a disfrutar de lo que había conseguido desfilando por las fiestas que ella misma organizaba cargando con todos los diamantes que era capaz de llevar encima. Sus reuniones eran legendarias. La novela de Evelyn Waugh Cuerpos viles está dedicada íntegramente a Diana y uno de esos festejos. Todo el que era alguien con un mínimo de talento y originalidad recalaba en las reuniones de Diana Mitford y quedaba arrasado por su belleza… y Oswald Mosley no fue la excepción.

Una boda secreta con la bendición de Führer

La fiesta en la que Oswald Mosley conoció a Diana Mitford selló el futuro de ambos, ese en el que la reina de la alta sociedad londinense acabó encarcelada durante la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración.

En aquella noche de verano de 1932 Diana ya estaba mortalmente aburrida de su marido rico y quedó cegada por el carisma y el ideario político del político sin ideario (al fin y al cabo Sir Oswald Mosley militó en el partido laborista y el conservador antes de ser fascista).

Por su parte, para Oswald Mosley 1932 pasó a ser uno de sus años más memorables porque en él no solo fundó su propio partido, la Unión Británica de Fascistas, sino que declaró su amor eterno a Diana Mitford y la convirtió en su amante. El único “problema” es que ambos estaban casados. Diana lo solucionó rápido, abandonó a su marido convirtiéndose en una paria social y en un pestañeo pasó a ser la amante oficial de Mosley mientras él continuaba casado con una de las hijas del ex virrey de la India, Cynthia Curzon.

Al final, una peritonitis deshizo el entuerto de los amantes, Cynthia murió repentinamente y Mosley se reunió con Diana en Belgravia, donde esta se había instalado con sus hijos. Pero lo que podría haber sido el gran “happy end” se torció cuando de dúo pasaron de nuevo a ser un trío: Mosley fue infiel a Diana y esta huyó de nuevo, esta vez de los brazos de un amante esquivo, para instalarse en una Alemania a dos minutos de convertirse en nazi.

Al asistir al primer mitin nazi que tuvo lugar en Nuremberg junto a su hermana Unity, Diana descubrió que los fascistas eran un grupo elegante y bien vestido que decían en voz alta todo lo que ella quería oír. Para cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Berlín el mismísimo Führer le envió un Mercedes con chófer para que pudiera asistir cómodamente al evento.

Mientras su vida como nazi subía como la espuma su relación amorosa con Mosley continuaba siendo un desastre: era la amante de Mosley, pero él le era infiel sistemáticamente hasta que quedó embarazada, asunto que quedó solucionado con un aborto (completamente ilegal en aquella época) y haciendo seudooficial su relación con una boda secreta el 6 de octubre de 1936 y un nuevo embarazo dos años más tarde. La boda tuvo lugar en la casa de Josep Goebbels y el único invitado Adolf Hitler. El Führer le regaló un retrato suyo enmarcado que en los años 90 Diana Mitford aún conservaba “en alguna parte”.

Del campo de concentración a vecinos de los Windsor

Con estos antecedentes no es de extrañar que cuando estalló la Segunda Guerra Mundial el Gobierno británico decidiera encerrar a la pareja en un campo de concentración. De hecho, dos de sus hermanas, Nancy y Decca, testificaron en su contra, y eso a pesar de que su Diana todavía estab dándole el pecho a su tercer hijo.

Por orden de Winston Churchill (al fin y al cabo su mujer era prima de Diana Mitford) Diana tenía algunos privilegios en la cárcel: se le permitía lavarse una vez a la semana y alimentarse con una copa de Burdeos y una rebanada de queso al día. También por intermediación del primer ministro que a tantas fiestas suyas había acudido, al final el matrimonio Mosley consiguió reunirse y vivir en una pequeña casa dentro de la prisión en la que varios delincuentes sexuales hacían las veces de criados. Ninguna de estas circunstancias hizo mella en la capacidad de Diana Mitford de mirar el resto del mundo con superioridad y aseguraba que le gustaba despertarse en la cárcel y saber que eras la mujer más guapa del lugar.

En 1943 la pareja fue excarcelada y ante las quejas de las 20.000 personas que protestaron por ello se exiliaron en una granja hasta que huyeron con sus hijos en 1949 hacia Lisboa en un barco que compraron para ese fin (se les había negado el pasaporte). Dieron tumbos por el Mediterráneo, Irlanda y acabaron en París, covirtiéndose en los inesperados vecinos del duque y la duquesa de Windsor, Wallis Simpson y el recién destronado Eduardo VIII.

Se podría decir que Wallis Simpson fue el segundo flechazo en la vida de Diana Mitford. Cómo no iban a congeniar dos mujeres con tanto en común. Ambas eran fuertes, polémicas, amaban los diamantes tanto como los ingleses las odiaban a ellas, eran profundamente snobs y veían con buenos ojos a Hitler. Como dos almas gemelas lady Mosley y la duquesa de Windsor se hicieron íntimas y compartieron exilio… hasta que Diana Mitford acometió su traición final.

La realidad de esta historia se fundamenta en un triste hecho: el primer marido de Wallis Simpson, con el que vivió en China, no solo le pegaba palizas, también la obligaba a acudir al burdel con él. Si aprendió algo o no en esas visitas, no se sabe a ciencia cierta, lo que sí afirmaba Diana Mitford es que Wallis, esa mujer que tuvo siempre problemas ginecológicos por culpa de un aborto chapucero, sabía cómo masajear de la forma adecuada a su marido al que llamaba “el eyaculador precoz” y “mosquito” entre otras lindezas y al que le gustaba mandar llorando a la cama. Con estas palabras, esta vez escritas para que pudiera leerlas todo el mundo, Diana Mitford volvió a convertirse al final de su vida en la “horrible mujer famosa” que siempre presumió ser.

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