De Windsor al castillo de Drácula: la carismática princesa británica que se metió a Rumanía en el bolsillo

No tenía ni idea de qué llevarse en la maleta: ¿Un traje de baño? ¿Pantalones de montar? ¿Un abrigo de visón? ¿Tal vez un crucifijo y un diente de ajo? Después de todo, la nieta más hermosa de la reina Victoria, la princesa María de Edimburgo, se dirigía a la tierra de los vampiros y los muertos vivientes. O cuanto menos, así era como se imaginaban los bosques inexplorados al otro lado del Cárpatos los grandes escritores de narrativa gótica de la época.

En enero de 1893, el tren de María atravesó las montañas nevadas hasta llegar al recién creado reino de Rumanía, justo coincidiendo con el momento en el que Bram Stoker se hallaba inmerso en la escritura de Drácula desde su vivienda en Londres. Pero aquello no fue una visita turística con tintes demoníacos. María, aún inocente y cubierta por una capa violeta y dorada escogida por su madre, acababa de casarse con el estirado príncipe heredero Fernando de Rumanía y se disponía a conocer a su nueva familia política en Bucarest. Rumanía se convertiría así en su nuevo hogar y algún día ella sería su reina.

Imagínatelo. Solo tenía 17 años y no hablaba una palabra de rumano. Apenas pudo conocer a su marido antes del enlace. María estaba más acostumbrada a los picnics en el césped cuidado de Eastwell Park, la propiedad familiar situada en Kent, que a cazar osos a las afueras de Transilvania. Lloraba cada noche, sintiéndose sola y desorientada. Pero (y precisamente por esto la adoro) consiguió salir del desánimo ella sola, rechazó los lúgubres rituales y convenciones sofocantes de la realeza rumana y se convirtió en una carismática inconformista a la par que desarrolló un sentido del deber real tan fiero que ella solita consiguió transformar a toda la monarquía rumana.

Su transformación tuvo comienzo en los hospitales de campaña de la segunda guerra de los Balcanes, cuando los soldados rumanos caían por miles. Fue debido al cólera, no a la guerra. La princesa María ignoró las instrucciones que la obligaban a permanecer en su palacio en Bucarest y se coló en el frente vestida de enfermera. Cogió las manos de los enfermos y moribundos, rezó junto a ellos y les administró té azucarado negándose a ponerse la mascarilla. Sostenía la creencia de que cubrir su rostro solo conseguiría deshumanizar sus últimos momentos. Cuando un ayudante le imploró que al menos se pusiese unos guantes María, furiosa, le replicó: “No puedo pedirles que besen unos guantes de caucho”. Corrió riesgos similares atendiendo a los soldados en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Sus fotografías vestida con un sencillo hábito de enfermera fueron una auténtica revelación. Hasta ese momento, los rumanos habían recelado de su princesa importada y aparentemente distante, pero ahí estaba ella arrodillada en el barro y rodeada de heces humanas para ayudar a que su país adoptivo venciese a los alemanes. Cuando su marido se coronó rey, no fue su nombre el que corearon, sino el de su esposa, al grito de “¡Regina Maria!”.

Pero fue una muestra de brillantez diplomática la que terminó de sellar el legado de María. Cuando se rediseñaron las fronteras al concluir la Primera Guerra Mundial, parecía probable que Rumanía redujese su tamaño como castigo por su tregua con los alemanes. Pero María se presentó en las negociaciones en París y encandiló a los viejos delegados desfasados hasta convencerlos de que cambiaran de parecer. La concesión territorial que obtuvo fue tan generosa que Rumanía dobló su tamaño de la noche a la mañana.

Con aquel episodio se aseguró su lugar en la historia de Rumanía y en su folclore: su corazón se encuentra guardado en un cofre de oro en el castillo de Pelisor, todo un final digno de una reina de cuento de hadas.

Descubre más sobre la vida y el reinado de la reina María en el último libro de Paul Kenyon, Children of the Night: the Strange and Epic Story of Modern Romania (“Hijos de la noche: la extraña y épica historia de la Rumanía moderna”), que el 19 de agosto será publicado en inglés por la editorial Head of Zeus.

Artículo original publicado por Tatler y traducido por Darío Gael Blanco Gómez de Barreda. Acceda al original aquí.

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