Broches de brillantes, una suegra disconforme y un atentado: la accidentada boda de Victoria Eugenia de Battenberg y Alfonso XIII

El matrimonio de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg resultó un completo desastre a pesar de que cumplió, no sin dificultad debido a la hemofilia de la que la escocesa era portadora, con su objeto: dotar de un heredero a la dinastía Borbón. Una accidentada boda en Los Jerónimos sirvió de preludio para este romance marcado por las infidelidades de él.

Los abuelos paternos del rey Juan Carlos I se dieron el sí quiero el 31 de mayo de 1906, hoy hace 115 años, después de un noviazgo a distancia y a merced de los más instruidos conspiradores de las cortes europeas de entonces. Los novios se habían conocido la primavera anterior en el trascurso de un baile celebrado en el londinense Palacio de Buckingham durante la gira emprendida por el hijo póstumo de Alfonso XII en busca de esposa por el viejo continente. La hija de la princesa Beatriz de Reino Unido partía la última en todas las quinielas para ocupar el puesto de consorte hispánica.

Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena había acudido a visitar a su colega Eduardo VII para conocer a su sobrina la princesa real Patricia de Connaught, pero la joven conocida por su belleza no se dejó regalar los oídos porque estaba enamorada de otro y porque, según cuentan, dijo que no quería “ser reina, que es ser esclava de todos”. Sin embargo, la que sí se rindió a los hechizos de este rey adolescente “que no se puede decir que fuese guapo pero tenía una buena estatura, era muy simpático, vivaz pero no guapo, era meridional, muy meridional”, como ella misma lo describió, fue la princesa Ena de Battenberg, nieta también de la reina Victoria de Reino Unido y emperatriz de la India. Salvadas algunas piedras en el camino, como el rango aristocrático desigual y la confesión anglicana de ella, el compromiso se formalizó el 25 de enero de 1906 en Villa Mouriscot, la residencia de Federica de Hannover en Biarritz, y se fijó la fecha para el último de mayo del mismo año. Ella tenía 18 años y él acababa de cumplir los 20.

La ceremonia fue oficiada por el arzobispo de Toledo, Ciriaco María Sancha y Hervás, y comenzó con media hora de retraso por culpa del presidente Segismundo Moret y Prendergast, según explicó a la televisión francesa la reina Ena durante una entrevista grabada en 1966. “El día de mi boda me llevaron al Ministerio de Marina, que estaba entonces justo enfrente de palacio y allí me vestí, tuve que esperar un poco ya que el primer ministro Moret llegó tarde a recogerme. Esto preocupó al rey, que sabía que había una amenaza de atentado”. La novia, como la mayoría del pueblo de Madrid, ignoraba los rumores sobre un intento de regicidio que conocían tanto el Gobierno como el propio Alfonso. Por este motivo, el de evitar el asesinato del rey, se prohibió a la prensa la entrada a la iglesia y a los madrileños tirar flores al paso del cortejo.

El 16 de abril de 1969, un día después de la muerte de la madrina de bautismo de Juan Carlos I y Felipe V, el diario ABC recogía algunas de las declaraciones más peculiares de la reina que incluyen estas referidas a su traje nupcial: “El vestido de novia me lo regaló el rey, según la costumbre española. Era blanco, todo de encaje. Como todas las novias. Solamente que el mío era enorme, larguísimo”. La pieza estaba bordada en plata y salpicada de azucenas. Llevaba también un manto de la reina Isabel II, abuela paterna de Alfonso XIII con la que compartió el triste destino del exilio.

El conjunto lo coronaba la diadema de Flores de Lis, regalo de su prometido. La tiara, también conocida como La Buena, está confeccionada en diamantes y montada en platino, hoy la luce doña Letizia en las cenas de gala más importantes. Diseñada y producida por la joyería española Ansorena, dibuja tres flores de lis, emblema heráldico de los Borbones, unidas por roleos y hojas, así como por ondas decrecientes. El porta-bouquet de novia era obra del pintor y platero Lluís Masriera y en él estaban representadas las flores de lis, la rosa Tudor de los ingleses y el cardo escocés.

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La princesa Ena también llevaba prendido al pecho un broche de brillantes en forma de lazo del que colgaba la perla Peregrina. La falsa, porque la original –aquella de origen panameño que recibió como regalo Felipe II en el siglo XVI– la envió camino de Francia José I Bonaparte, conocido en España como Pepe Botella, en cuanto puso un pie en el Palacio Real de Madrid en 1808. Así lo relata, en una carta fechada el 22 de septiembre de 1811, el conde de La Forest, embajador de Francia. La misiva dice: “El rey José me ha hecho el honor de comunicarme que él, según sus necesidades, había ido vendiendo, rescatando o volviendo a vender la mayoría de las joyas y que la perla llamada La Peregrina estaba, con otras en París, en manos de la reina Julia, su esposa”.

La soleada mañana del enlace, la pareja de tortolitos había desayunado junta después de escuchar misa a las 6:30 de la mañana en el Palacio Real de El Pardo, donde se hospedaba la princesa escocesa desde su llegada a Madrid el 26 de mayo. A las 9 en punto, un cañonazo anunció el arranque, desde el Palacio de Oriente, de la comitiva del rey que estaba formada por 40 coches de caballos, entre los que se encontraban los carros de ambas familias, los de las casas reales invitadas y los de una veintena de grandes de España. Unos días antes de la ceremonia se había convocado a los 54 grandes de España a participar en este recorrido, siempre y cuando contasen con carroza de gala propia. Entre los royals asistentes no consta ni una sola testa coronada, a pesar de que el protagonista del día fue soberano desde el mismo instante en el que vino al mundo.

Entre los reales invitados destacaban el primo de Ena, el príncipe de Gales y más tarde Jorge V, acompañado de su esposa María de Teck (abuelos de la reina Isabel II de Reino Unido); el archiduque Francisco Fernando, heredero de Austria-Hungría, que fue asesinado en julio de 1914 (motivo que desencadenó la I Guerra Mundial); el príncipe Luis Felipe y duque de Braganza –heredero de Portugal—; Alberto I de Bélgica, entonces heredero al trono; el príncipe heredero Luis de Mónaco; el gran duque Vladímir Aleksándrovich de Rusia; la princesa María Isabel de Baviera y los príncipes Tomás de Saboya, Alberto y Federico Enrique de Prusia, Andrés de Grecia, Eugenio Napoleón de Suecia y Chakrabongse Bhuvanath de Tailandia (entonces conocido como Siam).

Alfonso XIII, que desde pequeño había apreciado vestir de militar para emular al padre que nunca conoció, esperó la llegada de su prometida a la entrada del templo vestido de capitán general junto a su cuñado y padrino, el infante Carlos de Borbón-Dos Sicilias. La de Battenberg apareció acompañada de su madre, la princesa Beatriz de Reino Unido, y la que en cuestión de minutos se convirtió en su suegra, la reina María Cristina de Austria, que interpretó el papel de madrina. La que fue regente de España durante la minoría de edad de su hijo, apodada por los castizos como Doña Virtudes, nunca se mostró a favor de esta boda. Ni antes, ni durante, ni después. Ella quería para su Buby, como lo llamaba en la intimidad palaciega, una princesa austriaca catoliquísima, como ella.

Oficiado el sacramento, la feliz pareja emprendió camino hacia el Palacio Real, donde estaba previsto que se celebrase el ágape. La suya fue la primera fiesta española en la que se sirvió tarta nupcial. Una tradición inglesa que incorporó la reina Victoria Eugenia. En este caso la Wedding Cake la trajeron desde Londres, pesaba 300 kilos y estaba elaborada con una mezcla de crema glasé, pasta de bizcocho y perfumes culinarios. La formaban seis costados separados por columnas corintias y estaba adornada con viñedos españoles elaborados con azúcar. “En el centro del pastel aparecen el escudo, el monograma y la corona real y dominándolo todo un grupo de amorcillos que sostenían en sus brazos canastillas, de donde caen, por toda la altura del pastel hasta la base guirnaldas de mirtos y rosas”, según lo descrito en un telegrama por corresponsal del diario ABC en Inglaterra.

El mismo periódico dejó escrito que los reyes fueron felicitados en su paseo por las calles de Madrid por unos 400.000 curiosos; “la capital de España se veía invadida, en tanto, por una verdadera multitud procedente de los más apartados rincones de la península que, llenando hoteles y fondas, establecimientos públicos, pensiones y casas particulares, pugnaba, ansiosa, por disponer de un puesto desde donde poder presenciar el paso del cortejo nupcial”.Todo discurrió como la seda (paseo del Prado, plaza de Cibeles, calle de Alcalá y Puerta del Sol) hasta la llegada de la caravana al número 88 de la calle Mayor (actualmente el portal 84), donde el vehículo real, cuyo primer propietario fue Fernando VII, fue alcanzado por el impacto de una bomba. El artefacto casero, camuflado en un ramo de flores, lo había lanzado desde la cuarta planta el anarquista catalán Mateo Morral, que en su libro Pensamiento Revolucionario ya explicaba cómo fabricar esta bomba conocida como Orsini.

La bisabuela de Felipe VI describió el atentado terrorista, en el citado documental galo, de la siguiente forma: “yo lo ignoraba todo, pero mi marido, claro había recibido anónimos y una fotografía de aquel hombre tan horrible”. “Sólo fue al final de la calle cuando me arrojaron flores. Mi marido me dijo que había prohibido que echaran flores pero que ya no había peligro. No tuve ni tiempo de preguntar ¿qué peligro?, cuando ocurrió. Les puedo asegurar que no fue agradable bajar y ver toda aquella sangre. Vi a un pobre soldado con las piernas así (dibuja una equis con sus dedos) ¡Qué horror! Otro que puede ver estaba completamente destrozado”. De no haber chocado contra los cables del tranvía el ramito-artefacto habría alcanzado de pleno su objetivo, el coche de los recién casados.

En el ataque terrorista murieron 25 personas y 100 resultaron heridas. Una desgracia. Los reyes Alfonso y Ena, que salieron ilesos, mantuvieron el programa y saludaron desde el balcón principal del Palacio Real a los congregados en la plaza de Oriente mientras los cadáveres aún seguían sobre el empedrado. El almuerzo fue cancelado y el comedor de gala, que se había inaugurado para celebrar la boda de los padres del novio en 1879, dispuesto para recibir el cariño de los ilustres invitados. Otros historiadores sostienen que todo siguió según lo previsto y que los allí congregados disfrutaron de un menú compuesto por consomé de buey con profiteroles rellenos de parmesano, huevos escalfados con setas, lenguado con salsa holandesa, costilla de ternera al jerez, capón relleno al horno y de postre, el germen de la tarta de boda en España. Hay quien ha fechado en esta falta de empatía con las víctimas el principio del camino que España emprendió hacia la República. Iniciado el exilio en abril de 1931, Victoria Eugenia de Battenberg le espetó al rey depuesto aquello de “no quiero ver tu fea cara nunca más”, y lo cierto es que pocas veces más se volvieron a cruzar en la década que Alfonso sobrevivió a su propio reinado. La pasión por la rubia inglesa, le duró al Borbón lo que tardó en cruzarse con una de sus "nenetas" o "chiquitucas", como llamaba a sus amantes para evitar confundir sus nombres, tras la luna de miel celebrada en el Palacio Real de la Granja de San Idelfonso. Lo que mal empieza, mal acaba.

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